
El papel moneda está en Rusia y no hay cómo traerlo
Por Max Astudillo ()
La Habana.- La economía cubana ha entrado en una fase que ni los más pesimistas se atrevieron a pronosticar. No hablo de escasez, que esa es crónica y casi fundacional. Hablo de algo más primitivo, más absurdo y profundamente revelador: no hay dinero físico. Los bancos no tienen billetes. Los cajeros automáticos son piezas de museo oxidándose bajo el sol del trópico, unos porque no les llega corriente, otros porque sencillamente no hay nada que extraer de sus tripas metálicas.
La gente necesita efectivo para comprar un pan, una bolsa de arroz, un pomo de aceite. Pero el efectivo no aparece. Y no es que no exista: existe. Lo que pasa es que está en Rusia.
La historia es tan grotesca que parece inventada, pero es rigurosamente cierta. El gobierno cubano, a través de su Banco Central, pactó la impresión de cientos de millones de pesos en billetes de alta denominación —de dos mil y cinco mil pesos— con imprentas rusas. Los rusos cumplieron. Imprimieron el dinero. Lo empaquetaron. Y ahí acabó la eficiencia: los billetes llevan meses almacenados en un depósito diplomático cubano en Moscú porque no hay forma de traerlos a La Habana.
Cuba no tiene aviones. Tenía dos, un Ilyushin y un Antonov, ambos alcanzados por drones ucranianos hace un par de meses en la ciudad de Ulianovsk. Por si fuera poco, uno de ellos, que ya estaba casi reparado y listo para despegar rumbo al Caribe con su cargamento de salvación financiera, fue alcanzado de nuevo a la entrada del hangar donde recibía los retoques finales. Ni los aviones ni el dinero levantan el vuelo.
La paradoja del sistema
Mientras tanto, en la isla, la desconexión entre el dinero virtual y la vida real es ya un abismo insalvable. Las mipymes no quieren transferencias. Los campesinos, tampoco. Nadie que venda algo acepta más de un diez por ciento de las ventas del día por esa vía. Y se entiende: en un país donde no se venden celulares, donde la conexión a internet es un lujo intermitente y donde los precios cambian de la mañana a la noche con una velocidad que haría sonrojar a cualquier inflación latinoamericana, pretender que un teléfono sustituya al billete es un ejercicio de ficción burocrática.

El cubano de a pie puede que tenga dinero en su cuenta —o eso dice el banco—, pero no puede tocarlo, no puede gastarlo, no puede convertirlo en comida. Es rico en dígitos y pobre en realidad. La paradoja perfecta de un sistema que lleva décadas perfeccionando el arte del absurdo.
La dictadura, sin embargo, sigue vendiendo normalidad. Como si nada ocurriera, como si el país no se desangrara en tiempo real, el régimen se entrega a su liturgia de siempre: condecora militares, recibe visitantes ilustres, organiza campañas de solidaridad con el moribundo general de cuatro estrellas Raúl Castro, reclamado por la justicia estadounidense por el derribo de dos avionetas civiles en 1996, con la muerte de cuatro personas.
Mientras el dinero se pudre en Moscú y los cubanos hacen colas que duran días para nada, los jerarcas posan, aplauden y se cuelgan medallas. La normalidad es para ellos. Para los que gobiernan, para los que administran el monopolio de GAESA, para los que nunca han pisado una cola ni han sentido el vértigo de no saber con qué alimentar a sus hijos.
Cuba está al límite
Porque el cubano de a pie, el que intenta sobrevivir de un salario o de una jubilación que no alcanza ni para el pasaje, está al límite. Sin electricidad, sin agua corriente, sin médicos en los consultorios, sin medicinas en las farmacias, sin comida en los mercados y, encima, sin dinero con el cual adquirir lo poco que aparece.
Ese es el círculo perfecto de la asfixia: te pagan en una cuenta que no puedes usar, en un país donde el vendedor no acepta transferencias, en una isla donde los billetes están impresos pero retenidos a diez mil kilómetros porque los drones enemigos volaron los únicos aviones que podían traerlos. Si alguien escribiera esto como ficción, ningún editor lo aceptaría por inverosímil.
Pero es Cuba. Y en Cuba lo inverosímil es la materia prima de la vida cotidiana. El papel moneda está en Rusia y no hay cómo traerlo. Esa frase, que debería ser un chiste malo de sobremesa, es hoy la definición exacta de la bancarrota moral, logística y política de un régimen que ya ni siquiera puede garantizar que el dinero que imprime llegue a los bolsillos de sus ciudadanos.
La dictadura castrista ha convertido la escasez en sistema, la mentira en discurso oficial y la incompetencia en forma de gobierno. Y mientras los billetes duermen en Moscú, el pueblo cubano sigue despierto, en la penumbra, esperando un dinero que nunca llega. Porque ni siquiera los aviones del castrismo sobrevuelan ya la realidad.






