
Resistir sin vivir: el dilema humano de sobrevivir en la oscuridad
Por Osiel Morales Díaz ()
Voy a apartarme por un minuto de cualquier posición ideológica para hacerme una pregunta profundamente humana: ¿cuál es el objetivo de resistir? ¿Qué sentido tiene pasar la vida entera resistiendo apagones, escasez, carencias y desesperanza? Supongamos que mi vida dure 60 años… ¿para qué querría vivirlos todos simplemente soportando? ¿Para sobrevivir o para vivir?
Porque resistir, cuando no existe un horizonte, puede convertirse en una prisión silenciosa. El tiempo pasa, la juventud se va, los sueños envejecen, y uno comienza a preguntarse si nació para construir una vida o solo para acostumbrarse a la oscuridad.
No se trata únicamente de la falta de electricidad. Se trata de algo mucho más profundo: la sensación de que la existencia puede consumirse esperando. Esperando que mejore, esperando que cambie, esperando que llegue lo que nunca llega. Y entonces surge la pregunta más dolorosa: si vivir significa únicamente resistir, ¿dónde queda la vida?
Resistir solo tiene sentido cuando protege algo superior: la dignidad, la familia, la esperanza, la posibilidad de un futuro distinto. Pero cuando resistir se vuelve un destino permanente, deja de ser fortaleza y comienza a parecer resignación. Nadie debería conformarse con existir en modo supervivencia. La vida humana no fue hecha solo para aguantar; también fue hecha para soñar, crear, avanzar, amar y elegir.
Por eso, más allá de cualquier ideología, quizá la verdadera pregunta no sea cuánto más podemos resistir, sino para qué estamos resistiendo… y si esa resistencia nos está acercando a una vida mejor o simplemente nos está enseñando a sobrevivir mientras los años se nos escapan de las manos. Porque resistir toda una vida sin vivirla no puede ser el destino natural de ningún ser humano.






