
El timo de la soberanía: cómo el castrismo disfraza de patria la defensa de sus privilegios
Por JOel Fonte ()
La Habana.- Raúl Castro, al final de su vida, insiste en que los cubanos sigan muriendo para conservar los privilegios de su monarquía feudal. Cuando este señor, Díaz-Canel, en su función de administrador del poder dentro del diseño del control castrista, habla de «defender la soberanía de Cuba frente a EE.UU. hasta las últimas consecuencias», no alude más que a garantizar la continuidad, la prolongación de los grandes privilegios de que ilegalmente disfrutan la familia Castro y la cúpula que la rodea, compuesta por unas decenas de altos jefes militares y funcionarios civiles.
Es por ellos y por el confort de sus vidas de multimillonarios «socialistas» que este señor arenga a morir en masa a un pueblo que lleva casi siete décadas muriendo día a día, y que en los últimos diez años ha visto multiplicarse ese sufrimiento hasta lo agónico.
Porque en esta etapa, ante la proximidad inevitable del fin biológico de Castro, toda esa canalla incrustada en el poder ha multiplicado la corrupción, la podredumbre moral, el atropello de los más elementales derechos humanos, la represión. El robo desde una función que debería ser pública, desde el enorme aparato estatal de un régimen que ha estatizado hasta el aire, ha adquirido dimensiones colosales. Ya no roban los jerarcas del castrismo y sus cómplices por decenas o cientos de miles, ni pesos cubanos: roban millones y millones de dólares.
Compran fastuosas mansiones, lujosos autos, embarcaciones exclusivas, instalan millonarios negocios, llevan a sus familias a viajar, residir o estudiar al extranjero, preferentemente a Europa, Estados Unidos y otros países desarrollados y capitalistas. Y frente a ellos, cruzando la calle, allí donde el lodo de la miseria llega hasta el cuello, una sociedad de millones de cubanos no solo se ahoga, sino que es forzada además a callar lo que ocurre ante sus propias narices. Obligar entonces a este pueblo a la muerte definitiva en una guerra en nombre de la «soberanía» nacional es un timo miserable, pero es sobre todo un gravísimo crimen político.
¿Qué es la soberanía nacional?
Es, esencialmente, independencia política en la toma de decisiones sobre lo que ocurre de esencial en un país. La soberanía le es dada a los gobiernos como veladores de la voluntad colectiva de la nación. Y esa voluntad ha sido antes manifiesta mediante el voto. El voto es la expresión más acabada de la legitimidad de un gobierno. Ahí reside su autoridad, el origen de esa soberanía que luego representa.
Entonces, de nuevo: ¿qué legitimidad tiene el castrismo para proclamarse defensor de la soberanía de la nación cubana, cuando la dictadura se erigió mediante la violencia? Por la violencia armada llegaron al poder, por la violencia política y la manipulación impusieron un régimen comunista —con todas las trazas fascistas en la práctica—, y por la combinación de todas las formas de violencia lo han mantenido.
Hace décadas que la comunidad internacional no envía un observador electoral a Cuba. El mundo democrático sabe que los procesos electorales que el castrismo organiza —por fraudulentos y desnaturalizados— no tienen ninguna legitimidad. Ese discurso romántico que el castrismo vendió al mundo por décadas, mostrándose intérprete de la voluntad de millones de cubanos, no es más que falacias. Pero, además, no solo no está legitimada la dictadura castrista para representar y velar ahora por esa soberanía, sino que lleva décadas despojándosela al país y a su nación.
El castrismo ha destrozado la economía, la sociedad, la cultura, la religión, la política, todos los aspectos de la vida nacional; ha socavado nuestros valores, y con ello la imagen que el mundo tiene hoy de Cuba es la de un país en ruinas, absolutamente endeudado, sin gobernabilidad, colapsado: un país que vive de donaciones, de barcos de combustible que le «donan», y con esos niveles de corrupción incontrolables que lastran su economía. Hasta las pequeñas islas del Caribe insular, con solo decenas de miles de habitantes, envían donaciones a la que otrora fuera la segunda economía del continente. Otrora, antes del castrismo.
Frente a esa realidad, es comprensible entonces que los cubanos, mayoritariamente, no vean en las autoridades del régimen castrista a veladores del bien de la nación, de su soberanía e intereses más altos, sino a los obstáculos para alcanzar ese bienestar, ese futuro de paz y progreso. Y se entiende a su vez que tantas personas aquí, que se consideran honestamente patriotas, no vean en los discursos que desde el exterior hablan de invasión al país, de cambio de régimen, a enemigos de los cubanos, sino a sus salvadores. Basta de tolerar injusticias. No más temor. No más dictadura en Cuba.






