¿Por qué Cuba no derriba los aviones de inteligencia de Estados Unidos?

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Por Yeison Derulo

La Habana.- La pregunta tiene una respuesta menos épica y más estratégica: tumbar un avión militar estadounidense hoy no es como derribar una avioneta civil en 1996. Aquel episodio de derribo de avionetas de Hermanos al Rescate le costó a Cuba un aislamiento internacional brutal, condenas diplomáticas y el endurecimiento del embargo con la aprobación de la Ley Helms-Burton.

Fue una jugada de fuerza, sí, pero también un disparo político en el pie. Desde entonces, La Habana entendió que ciertas demostraciones de “soberanía” salen demasiado caras.

La diferencia principal está en la naturaleza del objetivo. Los vuelos de inteligencia de Estados Unidos alrededor de la isla suelen hacerse en espacio aéreo internacional. No entran, bordean. Juegan a ese límite quirúrgico donde irritan al adversario, recopilan información y, al mismo tiempo, evitan darle una excusa legal para responder. Es una provocación calculada. Molesta, pero no ofrece a Cuba una justificación limpia para abrir fuego sin desatar un conflicto de proporciones impredecibles.

Además, Cuba no está en condiciones reales de sostener una escalada militar con Washington. Eso lo sabe cualquier coronel con dos dedos de frente y una calculadora. Derribar un avión espía norteamericano equivaldría a abrir una crisis bilateral de alto voltaje con una potencia militar infinitamente superior. Una cosa es el discurso inflamado de «vengan por mí, cobardes»; otra muy distinta es asumir el costo material, diplomático y militar de una confrontación directa.

En 1996, el régimen actuó contra una organización como Hermanos al Rescate, cuyos vuelos «habían cruzado» espacio aéreo cubano en ocasiones previas y que no representaba una amenaza militar convencional. El cálculo político fue otro: enviar un mensaje de control absoluto y demostrar que nadie podía desafiar el perímetro del poder castrista. Con aviones militares estadounidenses, el tablero cambia por completo. Ya no es una cuestión de autoridad doméstica, sino de supervivencia estratégica y de miedo.

Por eso la dictadura protesta, denuncia, eleva notas diplomáticas, monta el teatro retórico habitual, pero no aprieta el gatillo. Ellos saben donde dice caquita. El nacionalismo tiene un límite: el punto exacto donde el simbolismo choca contra la realidad.

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