Escuchar este artículo
Audio en proceso de generación.

Por Jorge Sotero ()

En los últimos días, Miguel Díaz-Canel y Manuel Marrero han repetido una frase que pretende sonar a hazaña: “estamos produciendo”. Dicen que la generación eléctrica de origen fotovoltaico ya supera los 1400 megavatios, que la población y algunos lugares donde se colocaron paneles aportan 563 megavatios, y que las renovables alcanzan el 21,4 % del total. Marrero incluso precisó que se trataba de 566 megavatios instalados por el sector residencial y estatal.

Hay un detalle que ambos omiten con una elegancia que solo se aprende en el poder: ellos no han puesto un centavo. Los paneles los compra la gente. Los cables, los inversores, las baterías y la estructura los paga la población. Y aun así, el pronombre en primera persona del plural les sale con una naturalidad que estremece. Porque cuando un médico cubano necesita 120 años de salario para comprar un sistema básico, el “estamos produciendo” deja de ser una frase y se convierte en una burla.

Los números no mienten, aunque el gobierno intente maquillarlos. El salario mínimo en Cuba es de 3210 pesos mensuales. Un profesional de la salud, en la escala más alta, gana como máximo 8880 pesos al mes. Y un sistema solar básico cuesta, según la lista de precios de Correos Sancti Spíritus, 2 530 000 pesos por 5 kW y 3 850 000 pesos por 10 kW.

En Guantánamo, un sistema se cotiza en 3 000 000 de pesos. Hagamos la cuenta: un médico que gane 8880 pesos, sin comer, sin gastar un centavo, sin pagar transporte ni electricidad, necesita 282 meses —es decir, 23,5 años— para comprar el sistema más barato. Y en la vida real, nadie deja de comer.

Otra doctora, la “Heroína del Trabajo” Caridad Hernández, en Artemisa, recibió un módulo solar de 800 vatios por 75 200 pesos. Eso ya se considera “subsidiado”. El resto, simplemente, no existe para quien no tenga un familiar en el exterior que le envíe remesas. Porque el precio de esos paneles en el mercado internacional no justifica semejante cifra: un panel de 550 vatios fabricado en China cuesta entre 160 y 180 dólares.

Un sistema completo de 10 kW, con todo incluido, no debería pasar de 3000 a 4000 dólares en costo de hardware. En Cuba, ese mismo sistema llega al público a 3 850 000 pesos, más de 5700 dólares al cambio informal. La diferencia alimenta una maquinaria burocrática y comercial que convierte la necesidad en negocio.

Mentiras tras datos

Alguien dirá que China donó un gigavatio en paneles fotovoltaicos. Es cierto. Pero vale preguntar a dónde fueron a parar. Una parte fue a los 144 parques fotovoltaicos que construye el Estado. Esos son proyectos gubernamentales, visibles, pero no accesibles para la población. La otra parte terminó en las estanterías de Correos y Copextel, con el pretexto de ser “asequibles”, con una etiqueta de tres millones de pesos.

Te robaron el sol y después te lo venden

El cuadro real es este: la donación china se transformó en mercancía estatal. La gente compra esos “regalos” con remesas de familiares en el exterior. Y luego el gobierno dice “estamos produciendo”. Esto no es ayuda. Es una doble cosecha. La primera viene del bloqueo y la escasez. La segunda, del aparato burocrático que convierte la donación en artículo de lujo.

Un cubano en el exterior se sacrifica para enviarle dinero a sus padres, para que compren un panel solar y al menos tengan ventilador y refrigerador cuando se va la luz. Ese dinero entra en las cuentas de Correos. Y después Díaz-Canel dice: “Estamos produciendo.” ¿Qué produjeron? Produjeron un montón de facturas.

Aceptemos un hecho: la capacidad fotovoltaica instalada en Cuba sí ha crecido. De 5,8 % a principios de 2025 a más del 20 % en febrero de 2026. Es un salto real. Pero, ¿sobre qué base se sostiene ese crecimiento? Sobre la compra privada de la población y la donación de equipos chinos. ¿La inversión fiscal del gobierno? Casi invisible.

Según datos oficiales, la inversión en el sistema eléctrico lleva años en estado de descomposición. Las termoeléctricas están obsoletas, el combustible escasea, los apagones son cotidianos. El propio Marrero admitió que el descontento popular por los cortes de electricidad “es comprensible”. “Comprensible.” Qué palabra tan ligera. Cuando una madre abanica a su hijo en la oscuridad para espantar los mosquitos, el primer ministro dice que su malestar “es comprensible”. Y luego anuncia: instalamos 566 megavatios.

La pregunta es: de esos 566 megavatios, ¿cuántos los pagó el pueblo de su bolsillo? Si la respuesta es “todos” o “la gran mayoría”, entonces la cifra de Marrero no es un logro: es un informe estadístico de la autoayuda popular. Es como si un ladrón robara la cosecha del vecino y luego presentara un informe de “producción agrícola” en la asamblea del pueblo.

Se creen los dueños del sol

El sol cubano no es del gobierno. El sol cubano alumbra todos los días los barrios deteriorados de La Habana, las montañas de Santiago, los techos de cada familia que no puede comprar un panel. Es gratis. Siempre lo ha sido. Pero la lógica de Díaz-Canel y Marrero es esta: el sol que está sobre tu cabeza ahora pertenece a nuestra tabla estadística. ¿Quieres usar la luz del sol para encender tu casa? Perfecto. Primero paga tres millones de pesos.

El diseño real de este sistema nunca fue “que la población tenga electricidad”. El diseño real es: que la población resuelva por su cuenta lo que el gobierno no puede resolver, y luego presentar esa autoayuda como un mérito gubernamental. Por eso dicen “estamos produciendo”. Porque en su gramática, tu dinero, tu esfuerzo, el sacrificio de tus familiares en el exterior, todo se convierte en “nuestro” logro. ¿Y los que no pueden pagarlo? ¿Los ancianos que no reúnen tres millones de pesos ni tienen familiares en el exterior? Esos siguen a oscuras. Son los borrados del relato de la “revolución solar”.

Esta revolución tiene una verdad que incomoda: el sol alumbra a todos, pero la electricidad solo llega a quien puede pagarla. Y el gobierno se para en el medio, cobra peaje y luego dice por la radio: “Estamos produciendo.” No producen nada. Administran la miseria, la convierten en negocio y después la presentan como logro. Mientras tanto, el cubano de a pie sigue esperando. Sigue comprando paneles con dólares que le envía un hermano desde Miami, desde Madrid o desde Santiago de Chile. Sigue montando cables con las manos manchadas de grasa y de esperanza. Y sigue escuchando, cada noche, la misma frase hueca que pretende convertir su sacrificio en mérito ajeno. Te robaron el sol. Y ahora te lo venden.

Comparte esta noticia

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *