Darwin y los tres escarabajos

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Antes de ser el padre de la evolución, Charles Darwin era un chico obsesionado con los escarabajos. Estudiaba en Cambridge, entre 1828 y 1831, y ninguna actividad le producía tanto entusiasmo como levantar cortezas y buscar bichos raros. Nada de pinzones ni tortugas todavía. Eso vendría después. Por ahora, escarabajos.

Un día estaba en el campo y encontró dos ejemplares que le interesaban. Se quedó con uno en cada mano. Hasta ahí, todo normal. El problema fue cuando apareció un tercero. Uno que le interesaba todavía más. Y ya no tenía dedos libres.

Cualquiera habría soltado uno. Él no. Así que tomó una decisión poco científica: se metió uno de los escarabajos en la boca. Con la mano libre, atrapó el tercero. Todo parecía resuelto. Hasta que el insecto respondió como responden los insectos cuando los metes en la boca: escupiendo un líquido irritante.

Los bichos no esperan

El ardor fue inmediato. Darwin escupió el bicho. Y en el sobresalto, perdió el que tenía en la boca y también el que acababa de capturar. Los tres escaparon. Los tres. Una operación perfecta para no quedarse con ninguno.

Darwin y los tres escarabajos

Décadas después, ya famoso, Darwin seguía recordando aquella escena. La contó en una carta en 1846. Incluso identificó al tercer escarabajo: Panagaeus cruxmajor, una joya para los coleccionistas de la época. Y recordaba con precisión árboles, postes y taludes donde había encontrado ejemplares años atrás.

Hubo algo que le dio un orgullo especial: descubrir en un libro de entomología que algunos especímenes aparecían con las palabras «capturado por C. Darwin». Antes de revolucionar la biología, ya había pasado horas agachado frente a una corteza, buscando diferencias diminutas entre escarabajos. La evolución podía esperar. Los bichos, no.

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