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Por Yanetsy Pino ()

Atlanta.- Hay niños que crecen jugando en la felicidad del tiempo, confiados en su eternidad. Y hay otros, como yo, que nacimos en el ocaso de nuestras familias, y aprendimos desde muy temprano a medir la sombra de los pasos.

De niña le tenía miedo a tres cosas exactas: a las alturas, a las pesadillas que poblaban mis noches y a la certeza —casi física, insoportable— de que un día me quedaría sin mis padres. Crecí rodeada de adultos, con dos hermanos mayores jóvenes, casados, y con padres que ya llevaban la vida marcada en el rostro. Por eso el miedo a la pérdida no era una abstracción, sino más bien un presentimiento, como un segundo latido que siempre iba junto a mí.

La vida no tuvo la decencia de desmentir mi sospecha. Dos meses antes de cumplir los quince años, el miedo se convirtió en realidad: me quedé huérfana de padre.

Ese duelo se instaló como un habitante más de la casa. Fue una presencia silenciosa que me obligó a doblar las manos y a madurar a la fuerza, mucho antes de que la infancia terminara de despedirse. Literalmente me viró al revés. La persona que yo era antes de esa fractura quedó del otro lado del río, y de este lado me convertí, de pronto, en una joven marcada por una perspectiva dura, pero irrevocablemente lúcida.

El dolor nos prepara

La entrada a la iglesia católica me ayudó a buscar a Dios y fue un alivio. También me ayudó a entenderme. Aprender a perder a alguien tan querido en la adolescencia te cambia hasta la forma de mirar; y eso me costó trabajo comprenderlo. Desde entonces, los afectos no los habito como quien da las cosas por sentado. El abismo del duelo me enseñó a amar con una urgencia distinta, con una ternura que no ignora la fragilidad de las cosas.

Ahora vivo este tiempo donde todo parece ser desechable, donde las personas van y vienen con la ligereza de lo efímero, y reconozco que haber mirado de cerca el dolor en esa etapa me mostró el verdadero valor de la presencia. Sabes, definitivamente, lo que pesa una mano extendida; entiendes la hondura de un abrazo que no sabes cuándo será el último; y aprendes a mirar a los otros no desde la prisa, sino desde la lucidez, sin fanatismos y sin medias tintas.

Dicen que el dolor deforma. Yo prefiero pensar que, por mal que nos cueste, nos prepara con más intensidad para las etapas siguientes.

A mí me forjó esas esquinas filosas y esos largos silencios que me caracterizan, pero también me quitó el miedo a la pérdida. Sabes exactamente lo que cuesta estar, y aprendes a quedarte donde la presencia vale la pena.

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