Planificación financiera: la bruma conceptual de una reforma que no termina de llegar

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Por Pedro Monreal (El Estado como tal)

La Habana.- La vaguedad conceptual es uno de los rasgos centrales de las 176 medidas. Sin embargo, lejos de constituir un diseño de reforma, se asemejan más a un inventario de intenciones sin costura estructural. La transición hacia un supuesto «modelo de planificación financiera» opera, ante todo, como una pieza de retórica política. Su función principal no es transformar, sino ocultar: detrás del eslogan se desdibuja aquello que, en el fondo, no se pretende cambiar.

En 2021, el último documento oficial de la llamada «conceptualización» fue taxativo: la planificación centralizada es «la categoría rectora, definitoria del sistema de dirección». La frase no admite dobleces. Lo esencial, se subraya, no es la variante material o financiera del modelo, sino su carácter inequívocamente centralizado. El núcleo doctrinal permanece inalterable, y cualquier matiz instrumental queda supeditado a esa jerarquía incuestionable.

Hablar de transición hacia una «planificación financiera» no es nuevo, ni mucho menos. Ya la propia «conceptualización» reconocía el uso combinado de «instrumentos directos e indirectos», pero sin que ello supusiera un ápice de cesión en la dirección consciente y omnímoda del Estado sobre el conjunto de la economía. El cambio de énfasis es, en el mejor de los casos, una cuestión de matices, no de sustancia.

Un mayor recurso a indicadores monetarios, fiscales y financieros, al crédito o a la rentabilidad, no altera el esquema fundamental: el Estado sigue planificando, solo que ahora mediante palancas financieras. La doctrina de fondo permanece intacta. La «mano visible» del poder público continúa prevaleciendo sobre la «mano invisible» del mercado. No hay giro copernicano, sino reacomodo de herramientas.

La imprecisión conceptual de esta supuesta transición revela, en clave retórica, un pragmatismo apresurado y mal resuelto. El discurso avanza sin definir si ese modelo inaugura una etapa estable o si, por el contrario, abre paso a una economía mixta de mercado. Y esa ambigüedad, lejos de ser casual, se convierte en el verdadero mensaje: el sistema se reserva el derecho de interpretar su propio futuro sobre la marcha, mientras el diagnóstico oficial se diluye en un enunciado que promete movimiento pero esquiva cualquier compromiso con la dirección del cambio.

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