
El aumento de salario se evaporó en el aceite
Por Jorge Sotero ()
La Habana.- El gobierno de Cuba aprobó un aumento salarial. La noticia corrió como pólvora. Al salario de cada trabajador le agregaron tres mil pesos más. Pero no se preocupen, queridos compatriotas: la alegría duró lo que tardaron los precios en subir. Unos días, quizás unas horas. El gobierno, como siempre, lo vendió como una gran conquista, pero los cubanos ya saben cómo funciona esto: el dinero nunca alcanza cuando el que reparte es el mismo que decide cuánto cuesta el aire que respiras.
El aceite vegetal, ese medidor infalible de la economía real, se disparó hasta los 5.000 y 6.000 pesos por litro. Hace apenas dos semanas costaba 2.000. La escalada ha sido tan rápida que una familia con el nuevo salario mínimo podría comprar apenas medio litro de aceite con un mes de trabajo. No es que el salario haya subido. Es que el gobierno, con su manía de imprimir decisiones sin calcular consecuencias, ha decretado que ahora la gente tiene más dinero, para que los precios tengan una excusa para volverse locos.

El aceite es solo el primero de una larga lista. El huevo, el arroz, el azúcar, todo subirá. El paquete de azúcar ya ronda los 900 pesos en el mercado privado, cuando hace treinta años el país producía tanto que no valía nada. Ahora hay que importarla, porque los centrales azucareros, los ferrocarriles, las plantaciones de caña, todo el andamiaje de una industria que fue orgullo nacional, se ha desmoronado bajo la mirada indiferente de los que gobiernan.
El enigma de las transferencias
Pero la estafa no termina ahí. Los vendedores de aceite, esos mismos que han subido los precios hasta lo absurdo, no aceptan transferencias. La ley obliga a los comercios a usar medios de pago electrónicos desde mayo de 2025. El gobierno ha amenazado con multas de hasta 60.000 pesos y hasta el cierre de los negocios. Pero las mipymes se ríen de la ley. No aceptan transferencias porque saben que el sistema bancario es un espejismo.

Si cobran en digital, no pueden retirar el efectivo para comprar en los almacenes mayoristas, que tampoco aceptan transferencias. Es una cadena disfuncional que el gobierno quiere romper a golpes de decreto, pero que se mantiene firme porque la realidad siempre es más tozuda que las ocurrencias de los burócratas.
¿Y qué hace el gobierno? Coacciona, acosa, amenaza con multas, pero no resuelve el problema de fondo. Porque el problema no es que las mipymes no quieran aceptar transferencias. Es que el sistema no funciona. Es que los bancos no tienen efectivo, que la economía es un castillo de naipes que se sostiene sobre la mentira de que el socialismo puede coexistir con el capitalismo de compadres.
El gobierno ha cerrado más de 475 establecimientos por incumplir la normativa, pero no ha logrado que el comercio electrónico funcione. Y no lo logrará nunca, porque para que funcione hace falta algo que el castrismo no tiene: credibilidad.
La trampa tras el aumento del salario
Cada política del castrismo se salda con una debacle mayor. Aumentan el salario, suben los precios. Obligan a usar transferencias, el efectivo se vuelve más escaso y los comercios se niegan a aceptarlas. Y siempre, siempre, el que paga las consecuencias es el mismo: el pueblo. El mismo que ahora debe decidir entre comprar un litro de aceite o una bolsa de leche para sus hijos, el que, con un salario de unos pocos miles de pesos, apenas puede sobrevivir dos días en un mercado donde el aceite cuesta 5.000 o 6.000. El mismo que lleva décadas esperando que alguien, desde el poder, deje de hacer experimentos con su vida.
Porque este aumento de salario no es una solución. Es una trampa. Es la confirmación de que el gobierno no tiene ni idea de cómo gobernar, pero sabe muy bien cómo sobrevivir a costa del sufrimiento ajeno.
El aceite, ese líquido dorado que antes era un aderezo y ahora es un lujo, es el símbolo perfecto de esta farsa. Mientras los dirigentes se bañan en privilegios, los cubanos se bañan en sudor, en colas, en desesperación. Y el gobierno, como siempre, mira hacia otro lado, esperando que el pueblo se distraiga con el ruido de un aumento que no alcanza ni para freír un huevo.






