El hombre que desafió a la horca: la profecía de William Purvis

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- William Isaac Purvis miró a los ojos de los hombres que acababan de condenarlo a muerte y les lanzó una sentencia que sonó a delirio de condenado: «Viviré más que todos ustedes». La frase se perdió entre el murmullo del tribunal, como el eco de un disparo en un campo vacío. Pero el destino, que a veces escribe con letra torcida, decidió convertir aquella bravuata en una profecía. Porque la horca, ese instrumento implacable de la justicia decimonónica, falló aquel 7 de febrero de 1894. Y cuando la trampa se abrió y el nudo resbaló, Purvis cayó al suelo como un saco, pero vivo. Muy vivo. Y aquel tropiezo de la cuerda fue el primer latido de una historia que aún tardaría décadas en cerrarse.

Todo había comenzado un año antes, en el Misisipi profundo, con el asesinato de Will Buckley. Ambos, Buckley y Purvis, se movían en las sombras de los White Caps, una hermandad de odio que vestía la misma túnica del Ku Klux Klan. Buckley había cometido el pecado de amenazar con hablar ante un gran jurado sobre la paliza que unos miembros del grupo propinaron a un trabajador negro. Poco después, su cuerpo apareció en una emboscada. Purvis, que no era precisamente un ángel, cargaba con el estigma de pertenecer a aquella organización. Pero pertenecer a un club de violentos no es lo mismo que empuñar el arma del crimen, y varios testigos juraban que aquella noche Purvis estaba en otra parte. Sin embargo, la justicia de entonces no se andaba con sutilezas, y la palabra de Jim Buckley, hermano de la víctima, pesó más que todas las coartadas juntas.

El azar de su parte

El jurado no dudó. Declararon culpable a Purvis, y la horca se convirtió en su único horizonte. Pero cuando la trampilla cedió y el cuerpo cayó, la cuerda traicionó al verdugo. El nudo se deslizó, y el condenado golpeó el suelo ante una multitud que contuvo el aliento. El sheriff, azorado, quiso repetir la ceremonia, pero el gentío protestó. Aquel hombre que debía estar muerto seguía respirando, y eso, para muchos, era una señal. Lo devolvieron a la celda, y al año siguiente, una nueva condena a muerte volvió a cerrarse sobre él. Pero Purvis, que ya se sabía tocado por la suerte, escapó con ayuda de cómplices, se ocultó en los márgenes del estado y esperó. Cuando un nuevo gobernador llegó al poder, Purvis se entregó y encontró la conmutación de su pena: cadena perpetua en lugar de la soga. La horca, por segunda vez, se quedó sin su presa.

El giro definitivo llegó cuando Jim Buckley, el testigo estrella que había puesto la soga al cuello de Purvis, reconoció que tal vez, solo tal vez, se había equivocado. Aquella duda fue una grieta por la que se coló la clemencia. En 1898, el gobernador McLaurin firmó el indulto, y Purvis salió de prisión después de cinco años. Pero la verdad seguía escondida, como un cuchillo bajo la almohada, hasta que en 1917, Joe Beard, un moribundo con la conciencia a cuestas, confesó en su lecho de muerte: él había participado en la emboscada, y Louis Thornhill, ya muerto, había sido el que disparó. Purvis no había estado allí. La legislatura de Misisipi, en un gesto tardío, le entregó 5.000 dólares como compensación. No era el precio de una vida robada, pero al menos era el reconocimiento de una injusticia.

Una nueva vida

Purvis se alejó de los tribunales y de la soga, plantó semillas en la tierra y formó una familia. Vivió como agricultor, lejos del ruido de la horca, hasta que el 13 de octubre de 1938, a los 66 años, la muerte, que tantas veces lo había esquivado, vino a buscarlo con la puntualidad de quien cobra una deuda antigua. Y entonces ocurrió el último acto de la profecía: el último miembro del jurado que lo había condenado falleció apenas tres días antes.

William Purvis, aquel hombre al que la justicia quiso ahorcar, sobrevivió a todos ellos. La cuerda no lo absolvió, desde luego, ni la horca fallida demostró su inocencia. Fueron el derrumbe de un testimonio y la confesión de un moribundo los que limpiaron su nombre. Pero lo que la historia recuerda, lo que queda grabado como una imagen imborrable, es a un hombre cayendo desde el patíbulo, levantándose del polvo, y caminando hacia un futuro que los jueces creyeron haberle arrebatado. La horca falló, pero la memoria, esa sí, ha sabido mantenerlo en pie.

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