
El fin del bloqueo
Por Luis Alberto Ramírez ()
Miami.- Según el primer secretario del Partido Comunista de Cuba, Miguel Díaz-Canel, «las transformaciones económicas no se hacen en Cuba para complacer a Estados Unidos».
Pongamos esas declaraciones en perspectiva. Son palabras que difícilmente resisten el contraste con la realidad. El régimen de La Habana lleva sesenta y siete años en el poder y, sin embargo, es precisamente ahora, después de las presiones ejercidas por la Casa Blanca, cuando comienza a desmontar numerosas prohibiciones económicas que durante décadas presentó como pilares irrenunciables del sistema. Resulta difícil creer que todo ello sea una simple coincidencia.
Estas aperturas económicas demuestran, a mi juicio, que el verdadero bloqueo no provenía de Estados Unidos, sino del propio Gobierno cubano. Si ahora se anuncian 176 medidas de flexibilización, la pregunta es inevitable: ¿por qué ahora y no hace veinte, treinta o cincuenta años? Mi respuesta es sencilla: porque existió una presión que obligó al régimen a rectificar. Si esa presión no hubiera existido, probablemente esas aperturas jamás habrían llegado. Entonces, ¿de dónde provenía realmente el bloqueo que impedía el desarrollo de la economía cubana?
Estados Unidos no implantó la libreta de racionamiento. No prohibió la iniciativa privada. No expropió miles de empresas nacionales. No eliminó la prensa independiente. No convirtió al Estado en el único empleador. Tampoco prohibió durante décadas muchas de las actividades económicas que hoy el propio Gobierno comienza a autorizar. Por tanto, resulta razonable concluir que las principales restricciones que frenaron el desarrollo económico del país nacieron dentro de Cuba y no fuera de ella.
Cuestión de lógica
Cualquier observador, incluso quien simpatice con el castrismo, puede advertir que buena parte de los obstáculos que han condicionado la economía nacional tienen un responsable diferente al que durante décadas señaló la propaganda oficial.
Basta acudir a la lógica más elemental. Para desarrollar una economía moderna, Cuba no depende exclusivamente de Estados Unidos. Puede comerciar con Europa, Asia, América Latina, Canadá o cualquier otro mercado. Sin embargo, su historial crediticio ha deteriorado gravemente su credibilidad internacional.
Japón suministró autobuses y automóviles para el transporte nacional. Argentina exportó automóviles Chevrolet, Ford Falcon y material ferroviario. España entregó una moderna flota de barcos pesqueros. El Club de París renegoció en varias ocasiones la deuda cubana. Sin embargo, los incumplimientos de pago se fueron acumulando hasta convertir a Cuba en un deudor de alto riesgo. A ello se suma que Fidel Castro llegó a declarar públicamente que la deuda externa cubana era impagable e incobrable. Ante semejante historial, resulta lógico preguntarse: ¿qué país o institución financiera continuará prestando dinero sin exigir garantías?
Pero existe otra pregunta todavía más importante. ¿Qué ocurrió con los enormes recursos que ingresaron a Cuba durante décadas? Además de los miles de millones de dólares en subsidios procedentes de la Unión Soviética, el país recibió abundantes recursos que, desde mi perspectiva, nunca se tradujeron en una mejora sustancial de la calidad de vida de los cubanos.
Aquellos polvos y estos lodos
Una parte importante de esos recursos fue destinada a sostener la política internacional del régimen: la participación militar en las guerras de África, el respaldo político, militar y logístico a movimientos guerrilleros en países como El Salvador y Colombia, así como el apoyo a diversos proyectos revolucionarios y de influencia política en América Latina. Mientras tanto, dentro de Cuba la infraestructura se deterioraba, la industria azucarera desaparecía, la agricultura retrocedía, las carreteras envejecían, La Habana se caía a pedazos y el pueblo continuaba haciendo colas interminables, soportando apagones y sobreviviendo en condiciones cada vez más precarias.
Ese es, a mi juicio, uno de los grandes contrastes de la historia reciente de Cuba: mientras el Gobierno destinaba enormes recursos a proyectar su influencia más allá de sus fronteras, las necesidades más elementales de los cubanos permanecían sin resolver.
Llegados a este punto, la pregunta resulta inevitable: ¿quién es realmente responsable de que aquellos polvos hayan traído estos lodos?
El pueblo cubano no puede cambiar el pasado. Pero sí puede exigir que se reconozca dónde estuvieron los errores que condujeron al país a la crisis actual. Porque mientras se siga atribuyendo toda la responsabilidad a factores externos, será imposible corregir las causas internas que, durante décadas, frenaron el desarrollo nacional.
Ahora me gustaría presentar: ¿quién bloquea a quien?






