
La partera azteca: dueña de la vida y la muerte en la primera trinchera
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Si usted se imagina a una partera prehispánica como una señora gordita y risueña con té de manzanilla y paños calientes, olvídese. Borre esa imagen. En el universo azteca no había lugar para la ternura. La vida era una guerra constante, y el útero materno era la primera línea de fuego. La Tlamatquiticitl, que así llamaban a la partera en Tenochtitlan, sabía que ese día podía ganar una batalla o tener que organizar el funeral de una guerrera caída. No había punto medio. Y no había tiempo para lamentos.
Mientras en la Europa oscura los médicos galénicos le decían a la gente que no se bañara porque los poros abiertos eran autopista para la peste, la partera azteca metía a la embarazada en el temazcal. Y no era para un momento de relax. Era técnica quirúrgica. El calor relajaba los músculos y permitía que la partera «acomodara» al niño dentro de la barriga con sus propias manos. Si el bebé venía mal, ella lo recolocaba. Entre vapores, rezos a la diosa Tlazolteotl y una atmósfera que hoy los mercadólogos llamarían «experiencia inmersiva». Entonces sí, señor, eso era parir.
Y olvídese también de las clases de preparación al parto con pelotas de goma y música ambiental. El parto azteca era una representación bélica. La partera no decía «empuje, señora, que ya casi sale». No señor. Lanzaba consignas militares. Cuando el niño asomaba la cabeza, ella soltaba un grito de victoria, un alarido que retumbaba en todo el calpulli. ¿La razón? El bebé era un «prisionero» que la madre acababa de capturar para el Imperio. Si nacía varón, le cortaban el cordón umbilical sobre un escudo y lo enterraban en un campo de batalla. Si era niña, junto al hogar. El destino del recién llegado quedaba sellado antes de la primera toma de pecho.
Las costumbres y el parto
Aquí es donde la historia se pone turbia, amigos. Si la madre moría durante el parto, nadie la lloraba como a una víctima. Al contrario: se convertía en una Cihuateteo, una «mujer divina». Y había que vigilar su cuerpo día y noche. ¿Por qué? Porque los guerreros jóvenes intentaban robarle el dedo medio de la mano izquierda o un mechón de cabello. No era vandalismo. Era magia de combate. Llevar un trozo de una mujer caída en el parto los hacía invencibles en el frente. Así de crudo. Así de sagrado. Así de respetuoso según sus reglas. Y también así de terrorífico visto desde este lado del espejo.
Pero no se equivoque: la partera no era una comadreja de pueblo. Era una especialista con botánica avanzada. Usaba la planta cihuapatli para acelerar las contracciones, algo que la ciencia moderna ha confirmado como efectivo. Y además, era ella quien decidía en casos de malformaciones o partos imposibles. Su palabra era ley ritual. No había médicos varones que le dijeran qué hacer. En un mundo dominado por los hombres, las parteras eran las únicas capaces de hablarle de tú a tú a las fuerzas de la tierra. Y de recordarles a los guerreros más valientes que, por muy fieros que fueran en el campo de batalla, ninguno de ellos habría llegado allí sin la victoria previa de una mujer en el paritorio. He dicho.



