
La evolución de la moda de los cirujanos
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Hubo un tiempo en que los cirujanos más prestigiosos de Europa operaban de chaqué, señores. Nada de pijamas verdes ni batas blancas. Hablo de levita negra, corbata y mucho pedigrí. En los siglos XVIII y XIX, aquellos señores vestían como si fueran a firmar un tratado de paz, no a abrirte en canal. Y ojo, que no era postureo: las manchas en la ropa se llevaban como medallas. Cuanto más pringue, más experto. El problema es que los gérmenes, ay, no estaban de acuerdo con ese baremo.
Llegaron Pasteur y Lister y se cargaron la fiesta. De repente, lavarse las manos y hervir los bisturíes era importante. Y las levitas negras pasaron a la hoguera simbólica para dar paso al blanco impoluto, que olía a limpieza, a pureza, a hospital nuevo.
Pero aquí vino el segundo problema: el blanco bajo las luces del quirófano era peor que mirar al sol. Al cabo de un rato viendo sangre y más sangre, cuando el cirujano levantaba la cabeza… zas, manchas verdes flotando como fantasmas. Una maravilla para intentar suturar una arteria.
Y llegó el verde… y el azul
El desastre visual lo solucionó en 1914 un tal Harry Sherman, que debía tener los ojos cansados de tanto parpadear. Propuso cambiar el blanco por el verde espinaca. ¿La razón? El verde es el color complementario del rojo en la rueda cromática. Así que al mirar una superficie verde, el cerebro deja de inventarse manchurrones y el cirujano puede concentrarse en lo importante: no matarte mientras te cose. Una genialidad que, como todas las genialidades, parecía obvia solo después de que otro la explicara.
Para los años sesenta, el verde ya reinaba en los quirófanos. Pero el azul también se fue haciendo hueco, sobre todo en los cincuenta, cuando la televisión y las nuevas luces metieron cuchara. Resulta que el azul también es complementario del rojo, y encima no deslumbra. Así que la cosa quedó en dos colores: verde o azul. Nunca rosa, nunca amarillo, nunca estampado de flores. Porque esto no es una pasarela, amigos, es una cuestión de no equivocarse de arteria.
Así que ya sabes. La próxima vez que veas a un cirujano vestido de verde o azul, no pienses en si le sienta bien o mal. Piensa que detrás de ese color hay un siglo de pruebas, errores, gérmenes invisibles, ojos cansados y un tal Sherman que se hartó de ver manchas. Porque cuando un cirujano levanta la vista de tu interior, lo último que necesita es un espejismo. Y mira que los espejismos, en quirófano, nunca han sido buena señal.






