
El emperador que apestaba a pescado
Por Rafa Junco ()
La Habana.- Imagina que pasas a la posteridad por unificar China a sangre y fuego, levantar la Gran Muralla, unificar pesos, moneda y escritura, y enterrarte con un ejército de ocho mil guerreros de terracota a tamaño real. Eres, literalmente, el Puto Amo.
Pues bien, toda esa pompa se va al traste si terminas tus días viajando en un carruaje bajo un sol de justicia, descomponiéndote a marchas forzadas y camuflado por tus ministros con toneladas de pescado podrido para que la corte no note que hueles a muerto. Esta es la delirante crónica de cómo el mismísimo Qin Shi Huang pasó de unificador de imperios a oler a arenque rancio.
El Primer Emperador de China tenía una obsesión enfermiza: no quería morir. Le aterrorizaba el más allá. Por eso envió expediciones míticas en busca del elixir de la vida eterna y se rodeó de nigromantes y alquimistas que le prometieron la juventud imperecedera… y dieron con el mercurio. Sí, ese metal líquido altamente tóxico que destruye el sistema nervioso y los órganos internos.
Qin Shi Huang llevaba años tragando pastillas de mercurio creyendo que se volvería divino. Spoiler: no funcionó. En el año 210 a.C., durante uno de sus viajes por las provincias orientales, el cuerpo dijo basta y el emperador estiró la pata de forma repentina, a los 49 años. La intoxicación crónica por mercurio es, con diferencia, la hipótesis más sólida, pero sigue siendo eso: una hipótesis, no una autopsia con sello oficial.
El miedo a la caída del imperio
El problema real, más allá de la causa, era que había muerto a dos meses de camino de la capital, Xianyang. Si la noticia se filtraba antes de llegar, el imperio, recién unificado y cogido con alfileres, saltaría por los aires en una guerra civil sangrienta. Así que el canciller Li Si y el maquiavélico eunuco Zhao Gao decidieron que el jefe seguía «vivo».
Mantuvieron el cadáver dentro de su carruaje cerrado, y cada día el eunuco entraba a cambiarle de ropa, le presentaba informes de Estado y simulaba hablar con él. Incluso le metían bandejas de comida que luego se comían ellos. Porque un plan de este calibre sin un eunuco es menos plan.
La naturaleza, sin embargo, no entiende de razones de Estado. El verano chino no tiene piedad, y el cuerpo del Emperador empezó a seguir el curso natural de la biología: hincharse, licuarse y, por supuesto, apestar. El hedor que emanaba del carro imperial era tan insoportable que amenazaba con destapar todo el pastel.
Fue entonces cuando Li Si tiró de ingenio y ordenó que dos carretas cargadas hasta arriba de pescado en salazón y podrido escoltaran el carruaje imperial, una delante y otra detrás. Cuando los campesinos se quejaban del olor, los guardias respondían, con la cara muy seria, que a Su Majestad le había dado por comer pescado en este viaje. Durante semanas, el creador de la China imperial viajó de incógnito, camuflado por los efluvios de toneladas de marisco en descomposición.
Gracias a esta asquerosa estratagema, los conspiradores llegaron a la capital con el tiempo suficiente para hacer de las suyas: falsificaron el testamento imperial, obligaron a suicidarse al heredero legítimo, Fusu, y colocaron en el trono a su hermano pequeño, el inútil Huhai. Solo entonces, dos meses después de la muerte real del emperador, anunciaron oficialmente que había fallecido. Así termina la historia del hombre que unificó China: no con una marcha triunfal, sino con el olor a pescado podrido como único testigo de su último viaje.






