Comparte esta noticia

Por Renay Chinea ()

Barcelona.- No sé lo que siento. ¿Me lo puedes creer? Hay un chamaco en mi pueblito en Cuba que tiene una moto pequeña. Una simple motorina… y con una novia que le resuella en el pescuezo, y un teléfono corriente va filmando. Filma potreros de tercos Bienvestidos por donde una vez pasé yo mismo, en flor. Filma cañadas, barrancos, lomas del Escambray. Filma el pastizal donde avanza el marabú como una maldición. Filma los cielos del Cucalambé… la yegua trotona… la orilla floreciente. Filma la escuela de la infancia que te enseñó a comprender la vida, y la escuela de la vida que te otorgó la infancia.

—¡Ño, mira pa’ eso! Está cundío e jicoteas —dice ella, con ese acento crudo de guajirita cubana, tan en extinción como las mismas jicoteas. Y lo cuelgan todo en la inmensa red. Yasmany, que así se llama… no dice nada. Va «creando contenidos» —ese oficio nuevo— con espontaneidad e inocencia. Sus productos son una especie de road movie, pero sin trama. La trama es el paisaje. Pero no cualquier paisaje: es la estampa de un país que está en tu infancia. En tu adolescencia. Aquel país sagrado que ya no existe para nadie en ningún lugar del mundo, pero quedó grabado en los pórfidos de la memoria. Y Yasmany, con inocencia, viene a restregarte que aún aquel escenario existe. Aquella postal sigue intocada, mientras tú te extingues. As I Lay Dying, decía Faulkner.

Pero no todo es rural y campo: el ojo descriptor llega a la urbe. Atraviesa las calles polvorientas por donde más de una vez apretaste el paso o besaste a alguna novia. Y esa novia hoy es espejo de la pérdida. Por esta vez, las casas desvencijadas han envejecido contigo. Se caen a pedazos los techos donde antes anidaban los gorriones. Lo rural es eterno y lo urbano fugitivo. Estaciones sin tren ni pasajeros. Calles donde lo único que se alarga es la extensión de un bache que ya conociste en tus primeros pasos… y a la salida del pueblo, otra vez un mar verde se abre como las aguas de Moisés.

Nostalgia

Y en el último capítulo llega a la ciudad de Cienfuegos. Y no sé lo que siento, les decía. Esa ciudad y yo nunca nos entendimos. Y fíjate tú que allí tuve un buen amigo y allí quise a una mujer, pero no sirvió de nada. Y no es el aire, no son las flores que dan los altos y frondosos cardenales frente a la funeraria de Prado, en invierno, por donde va la motorina ahora. Son las esquinas donde tragué tantas veces en seco. Las colas inmisericordes. El sol pesado como un badajo de plomo. La salmuera de los malos recuerdos lo inunda todo. Y uno siente que también vuelve a estar solo en esto.

En uno de esos bancos que me pasan por el lado ahora, me senté una tarde con Arturo, que ahora vive en Norwich.

—¿Después de tanto Faulkner, después de las sagas de Proust… de Dostoievski… nos vamos a morir en este páramo infeliz?

—¡No! Claro que no… no moriremos en esta furnia ni muertos… ni muerto me quedo aquí —repetía Arturo.

Y ahora la imagen de ese banco me pasa por el lado, y los saludo a diez mil kilómetros de distancia. Allí están sentados nuestros dos fantasmas de los 20 años. Compungidos y jóvenes… soportando el peso del diamante amargo de nuestra desdicha. Y soñando cómo levantarse de aquel banco.

—Y tú verás: ahora llegaremos a la esquina de San Carlos —me digo.

La noche de Boinas Rojas

Los tuaregs pasan su vida en el desierto. Y tienen decenas de palabras para nombrar la arena. Si la duna es alargada, tiene un nombre, pero si es ancha, otro. Si es fina, si es gruesa… y hasta si es en forma de corazón. Es la orfebrería fina de las definiciones. Lo mismo los ingleses con los muchos nombres que le dan a la lluvia. O los inuits con la nieve. Y me pregunto: ¿por qué tantos millones de cubanos no hemos podido nunca nombrar esto que siento? ¿Por qué no tiene nombre esta prima venida a menos de la nostalgia… de la morriña… y del desasosiego? ¿Cómo se llama esta saudade cubana donde el recuerdo se mezcla con añoranza y desdén? ¿Esta pasión de «recordar»… de «recorazonar», pero con un corazón roto?

«Cienfuegos es la Ciudad»
Boinas Rojas

Ahora tú verás —me digo— en la próxima esquina es Prado y San Carlos. Aquella madrugada, volvía a la Unidad Militar donde cumplía el Servicio Obligatorio. Voy a contarles qué hacía yo allí, pero usted quédese con que estamos por llegar a esa esquina. Ese año, sería abril o mayo del 87… con tal de escapar de la Unidad, nos fuimos al Campeonato Nacional de Balonmano de los Ejércitos, y perdimos únicamente en la final. Un grupo de soldados nos entrenamos… y llegamos a la final, que se jugó en La Habana.

Aquella madrugada esperaba una guagua de la ruta 5, que me llevara al Regimiento al lado del aeropuerto. En un banco sentado, solo, somnoliento, me sorprendió el chirrido de las gomas de un Jeep, que frenó bruscamente. Y se bajaron airados cuatro Boinas Rojas, una especie de Policía Militar. Seré breve: me echaron al suelo. Me esposaron y, a base de puntapiés y de golpes, me llevaron a un cuartel que había por Reina y me soltaron hacinado a un inmundo calabozo. Uno piensa que habría un interrogatorio, una explicación… un por qué… pero uno se equivoca.

No me van a creer…

Tenía un chichón en una esquina de la frente… moretones en los antebrazos y los codos raspados de defenderme. A mediodía, me pasaron una bandeja de aluminio por debajo de la reja. Llevaba un boniato entero hervido, que no cupo, y el guardia lo hizo entrar de una patada. Como a las 7, ya casi oscuro, se abrieron las rejas. Me subieron a otro vehículo militar, me quitaron las esposas y me dejaron en la puerta del Regimiento, con mi mochila, mi gorra y mis papeles. Y no dijeron palabras. Se los tragó la noche y los cañaverales oscuros de la carretera de entrada al aeropuerto.

Ahora Yasmany está por llegar a la esquina de los sucesos, Prado y San Carlos, en el hermoso Prado cienfueguero. Unos metros antes, sale un policía, silbato en mano, y le pide que se detenga. Al día siguiente, en la Formación, en el Regimiento, el Coronel empezó una arenga acerca del enorme papel de «nuestro glorioso equipo de balonmano». Esos jóvenes revolucionarios, aguerridos… hijos del pueblo, que colocaron el nombre de nuestro Regimiento en lo más alto.

—¡Den un paso al frente, soldados! —ordenó.

Y nosotros: Luisito el Flicka, Pichichi, Vicente el Negro, Coqui el de Palmira… yo… fuimos presentados a la tropa. Pero todos los ojos estaban fijos en mí. En mis pómulos hinchados, mi chichón en la frente… mis manos magulladas. Todos veían la viva estampa de un gladiador que había vencido. Acabada la ceremonia, todos los del equipo me miraban y me preguntaban:

—¿Pero qué pinga te pasó, asere?

—Muchachos… ustedes no me van a creer… no me van a creer —y se quedaban extrañados.

Con la aparición del policía en el vídeo, se acaba la filmación de Yasmany. A unos escasos metros de la esquina de San Carlos y Prado.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo más consultado hoy