El plagio no es lo que crees

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Hoy, copiar un artículo, cambiar cuatro comas y firmarlo con tu nombre es plagio. Y lo peor que te puede pasar es una bronca, una denuncia o que te dejen en evidencia en redes sociales. Pero en Roma, la palabra que usamos para ese delito significaba algo mucho más serio. No había tutelas ni derechos de autor; había cadenas, grilletes y mercados de esclavos.

El término latino plagium no tenía nada que ver con los textos. Se refería al secuestro de personas libres, a vender como esclavo a quien no lo era, o a robarte el esclavo de otro. La Lex Fabia de plagiariis —del siglo I a.C.— perseguía esos crímenes.

Un plagiarius no era un copión de trabajos universitarios, sino un traficante de carne humana. El verbo plagiare significaba, literalmente, encadenar a alguien que no debía estarlo.

Plagiarius como metáfora de secuestrador de textos y…

Y entonces llegó Marcial. Nacido en Bilbilis —cerca de la actual Calatayud—, este poeta romano del siglo I tenía una lengua más afilada que un cuchillo de carnicero. Sus epigramas podían ser elogiosos o directamente venenosos. Uno de sus blancos favoritos fue un tal Fidentino, que se dedicaba a recitar los versos de Marcial como si fueran suyos. Dos mil años antes de que alguien copiara y pegara, ya había gente apropiándose del trabajo ajeno. Marcial no se lo tragó.

Pero el golpe maestro está en otro poema, el epigrama 1.52. Allí, Marcial juega con el lenguaje del derecho romano y presenta sus libros como hombres libres a los que alguien quiere someter. Para referirse al apropiador usa precisamente la palabra plagiarius. La metáfora es brutal: aquel que se roba un poema no es un simple copión, es alguien que captura una obra libre, le pone cadenas y la presenta como suya. Literariamente hablando, es un secuestrador de textos.

El significado moderno de plagio llegó mucho después, cuando las lenguas europeas rescataron esa imagen para hablar del robo de ideas. Hemos pasado de las cadenas a las comillas, de los grilletes a las notas al pie. Pero la esencia es la misma: apropiarse de lo que no es tuyo. Solo que ahora, por suerte, nadie termina en un mercado de esclavos. Aunque, visto cómo se mueve Internet, a veces uno se lo piensa.

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