
El día que el sol se escondió y el mundo se cagó (tres veces)
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Los eclipses molan. Hoy los vemos con prismáticos y filtros especiales, hacemos fotos para Instagram y nos ponemos poéticos mientras la Luna se pasea por delante del Sol. Pero no nos engañemos: durante la mayor parte de la historia, cuando el astro rey se escondía, la humanidad se cagaba viva. Literalmente. Y como muestra, tres botones. O tres eclipses, mejor dicho.
El primero es de aúpa y tiene como protagonista a Cristóbal Colón, que no solo era un genio de la navegación, sino un estafador de primera categoría. En 1504, el almirante estaba varado en Jamaica con las carabelas agujereadas por unos bichos que se llaman «bromas» (qué cosas tiene el destino). Los nativos, hartos de alimentar a aquella banda de barbudos que no se lavaban, dijeron que no daban más de comer.
Colón, que llevaba un libro de astronomía como quien lleva un comodín, vio que el 29 de febrero habría un eclipse lunar total. Reunió a los caciques y les soltó la bomba: «Mi Dios está cabreado. Esta noche va a quitar la Luna y la va a poner roja de ira». Y la Luna desapareció y se puso color sangre. Los indios, aterrorizados, le llevaron comida hasta los postres. Colón se encerró «a rezar», esperó el tiempo justo, y salió diciendo que Dios los perdonaba. Fin del problema. Buffet libre recuperado.
Eclipse, firma de la paz y bodas
El segundo episodio es de traca, y ocurrió seis siglos antes de que Colón se inventara su milagrito. En el 585 a.C., lidios y medos llevaban seis años a espadazo limpio en la actual Turquía. Un día, en plena batalla del río Halis, el Sol decidió hacer un descanso a mediodía y se hizo de noche cerrada. A los soldados se les cayeron los pantalones, porque claro, eso no era normal.
Creyeron que los dioses estaban hasta el gorro y que aquello era el fin del mundo. Así que, sin pensarlo dos veces, soltaron las armas, firmaron la paz y sellaron el acuerdo con una boda entre las dos casas reales. Lo más gracioso: el filósofo Tales de Mileto había predicho el eclipse. Nadie le hizo ni puto caso, pero el eclipse, como era de esperar, llegó.
El Rey Sol y el vino
El tercer cuento nos lleva al París de 1654, donde los astrónomos llevaban semanas avisando del eclipse solar del 12 de agosto. Pero en vez de tomarlo como un evento guay, en París se montó la histeria de campeonato. Corrió el rumor de que el eclipse traería vapores pestilentes, el fin del mundo y probablemente el apocalipsis con acompañamiento de orquesta.

Los médicos —que en el siglo XVII eran unos fantasmas— recomendaron encerrarse en bodegas, ahumar las habitaciones con hierbas y beber vino. (Lo último, al menos, no era mala idea). El mismísimo rey Luis XIV, al que llamaban el Rey Sol, se refugió en los sótanos del Louvre. La gente rica se encerró en sus bodegas y los curas no daban abasto confesando al personal. Cuando el sol volvió a salir, la gente salió con cara de «aquí no ha pasado nada» y una sonrisa de oreja a oreja que, seguro, era por el vino.
La moraleja es clara: antes de que la ciencia nos explicara qué coño pasaba cuando el Sol se escondía, el miedo se convirtió en el mejor aliado de los listos. Colón lo usó para salvar el pellejo; los lidios y medos, para parar una guerra; y Luis XIV, para esconderse en un sótano.
Hoy, los eclipses nos parecen bonitos, pero la historia demuestra que, en el fondo, nunca dejamos de creer que el cielo se nos va a caer encima. Y si no, que se lo digan a los jamaicanos, que casi se cagan de miedo por culpa de un reloj de arena y un libro de astronomía.






