
La gradualidad del horror: el legado de Fidel Castro
Por Joel Fonte
La Habana.- Hace años leí -creo que siendo aún un adolescente poco mayor que mi hijo mas pequeño- una obra biográfica de uno de los escritores más grandes que ha dado la humanidad. El libro era ‘El mundo de Ayer’, y su autor, el austriaco Stefan Zweig.
En la obra, que recorre su intensa vida, Zweig recrea, como protagonista que fue de los más graves sucesos que vivió hasta hoy la humanidad, la génesis y desarrollo de las dos Guerras Mundiales.
Tan intensamente lo golpeó en su humanidad profunda y en su condición de judío, que se quitó la vida en 1941, en su exilio en Brasil.
Pero menciono esto aquí porque fue a él a quien le leí por vez primera, atribuyéndosela como una perversa, siniestra invención de Hitler, la referencia al ‘Método de la Gradualidad’.
Aludía a aquellos tanteos que suponía el actuar del Canciller alemán desde su llegada al poder en el año 1933: ante una Europa que aun protestaba cuando se violaban derechos humanos, soberanías nacionales, Hitler aplicaba una medida, y se detenía, observando la reacción del mundo y de sus lideres; era solo un intervalo, un descanso calculado para adoptar ataques y violaciones mayores al derecho internacional. Al final, el mundo estaba tan cansado de sus crímenes cometidos con impunidad, que volvía el rostro, miraba para otro lado, y cuando invadió Austria, cuando creó campos para exterminar judíos y otras poblaciones, cuando llenó de sangre el suelo de Europa…, pues nadie reaccionaba.
Y otra vez: ¿por qué menciono esto?. ¿Acaso no se advierte el empleo de esa misma gradualidad como método criminal en la obra de los hermanos Castro…?
Fidel Castro no bajó de la Sierra Maestra socavando la institucionalidad democrática republicana, gritando que iba a instalar en el país una dictadura de izquierdas, comunista, con el apoyo del régimen soviético.
No llegó gritando que no habría mas elecciones en Cuba, que iba a acabar con el pluripartidismo, declarar ilegales todos los demás partidos, imponiendo como único un partido comunista. Castro tampoco llegó diciendo a todo el que quisiera oírlo que iba a acabar con la propiedad privada, que se iba a robar todo, desde una gran industria hasta una fonda o un cajón de limpiabotas.
Castro no mostró sus verdaderos propósitos, sus fines. No habló sobre su plan de confiscar periódicos, emisoras de radio, canales de televisión, de silenciar cualquier voz disidente, disonante con sus exaltados discursos de ególatra mesiánico
No dijo que iba a encarcelar y fusilar a todo el que le enfrentara.
Tampoco mencionó que iba a convertir a la Fuerza Armada de la República, y a la Policía Nacional, en un ejército privado para que sirviera a sus fines, y no a los de la nación.
No.
Aplicó, en cambio, aquel método: fue, mediante tanteos y esperas, ayudado por el contexto de una guerra fría que le propiciaba cierta impunidad -junto a la tolerancia criminal del mundo, incluida la más grande democracia del orbe, a solo 90 millas- sometiendo más y más a los cubanos, convirtiendo a nuestros abuelos, a nuestros padres, a nosotros mismos, en rehenes de sus más enfermas decisiones, de sus más obscenos caprichos.
Castro murió, pero ese legado persiste. Persiste y nos recuerda hasta donde una sociedad puede ser degradada cuando la voz y la voluntad colectivas se hacen rehenes de un solo hombre…
Si hoy vivimos en un país desecho, hundido en todos los aspectos de la vida social e individual, es por eso.
¿Un ejemplo ‘actual’?:
Esa misma gradualidad criminal que comenzó mostrando como inevitable un apagón de tres horas en los años ’60, luego como heroico tolerar cortes eléctricos de ocho horas en los años ’90, es la misma que hoy hunde en la oscuridad a ciudades enteras por varios días continuos. Es un derecho humano básico, arrancado ante nuestras narices y las de ese mismo mundo acostumbrado al despojo que sufrimos, cada vez mas agudo…
Hagamos que nuestra realidad cambie. Rompamos el ciclo de la servidumbre.






