Matanzas entre diagnósticos erróneos, dengue y una salud pública al límite

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Por Jorge Sotero

Matanzas.- Las autoridades de Matanzas intentan transmitir una imagen de control sobre la situación epidemiológica de la provincia, pero el propio informe deja más preguntas que respuestas. Durante semanas se habló de una alerta por hepatitis en varios municipios y ahora resulta que una parte de los casos pudo haber sido diagnosticada erróneamente, informó el medio oficialista Girón.

La explicación apunta a enterovirus con síntomas similares, pero el asunto revela un problema más profundo: un sistema de salud que opera bajo enormes carencias y que muchas veces no dispone de los recursos necesarios para realizar diagnósticos precisos con rapidez.

Según las autoridades, los pacientes presentan diarreas, vómitos y fiebre moderada que desaparecen en cuestión de horas. Todo parece estar bajo control, dicen. Sin embargo, si la situación es tan sencilla, ¿por qué fue necesario enviar muestras al Instituto Pedro Kourí para confirmar los diagnósticos?

La contradicción es evidente. Mientras el discurso oficial intenta minimizar el problema, los propios procedimientos demuestran que existe incertidumbre sobre el alcance real de los contagios. En un país donde la información sanitaria suele manejarse con extremo hermetismo, la población tiene razones de sobra para desconfiar.

Como si fuera poco, Matanzas ya reportó los dos primeros casos de dengue de la temporada y reconoce la existencia de numerosos sospechosos. Cada año la historia se repite: llegan las lluvias, aumenta la presencia del mosquito y comienzan las campañas de emergencia.

No obstante, las soluciones siguen siendo temporales y los problemas estructurales permanecen intactos. La acumulación de basura, las dificultades con el abasto de agua y el deterioro de la infraestructura sanitaria crean el escenario perfecto para la propagación de enfermedades que el Estado asegura combatir, pero que nunca termina de erradicar.

Las autoridades también celebran una ligera disminución de la mortalidad infantil y la apertura de una nueva sala para la atención de menores de un año. Son noticias positivas, sin duda, pero resulta imposible analizarlas sin tener en cuenta el contexto general de la salud pública cubana.

Hospitales con escasez de medicamentos, familiares obligados a conseguir insumos por su cuenta y profesionales que abandonan el sector por los bajos salarios forman parte de una realidad que ningún informe oficial menciona. Los números pueden mejorar, pero las condiciones de fondo continúan deteriorándose.

Quizás la parte más reveladora del reporte sea la relacionada con las ambulancias. Se presume de una reducción en los tiempos de respuesta y de una disminución de las remisiones entre municipios, pero acto seguido se reconoce que la situación sigue siendo crítica por la falta de combustible. Es decir, el principal obstáculo para atender emergencias médicas no es un problema clínico, sino la incapacidad del país para garantizar algo tan básico como el abastecimiento energético.

En la Cuba de hoy, las autoridades presentan como éxitos lo que en cualquier sistema de salud funcional sería apenas una obligación elemental. Esa es, precisamente, la medida más exacta de la crisis.

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