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Por Jorge Sotero

La Habana.- Una imagen como esta vale más que los miles de discursos de Miguel Díaz-Canel. Más que las sesiones de la Asamblea Nacional. Más que las interminables Mesas Redondas donde todo va «avanzando favorablemente».

Ahí está. Un hombre tirado sobre el piso. Desnudo de cintura para arriba. Demacrado. En un pasillo sucio. Al fondo, una camilla con un colchón amarillo que parece haber sobrevivido a varias guerras. Basura regada por todas partes. Un cubo plástico volcado. Paredes que ya dejaron de ser blancas hace mucho tiempo.

Si alguien me preguntara cómo luce el socialismo cubano, no le enseñaría una estadística. Le enseñaría esta fotografía.

Durante décadas nos vendieron que Cuba era una potencia médica. Que teníamos el mejor sistema de salud del continente. Que nuestros hospitales eran ejemplo para el mundo. ¿Ejemplo de qué? ¿De abandono? ¿De miseria? ¿De resignación?

La verdadera utopía del castrismo nunca fueron las escuelas al campo ni las zafras de los diez millones. La verdadera utopía fue convencer a millones de personas de que aquello que se estaba cayendo a pedazos era, en realidad, un modelo digno de admirar.

Mientras Díaz-Canel anuncia ciento setenta y seis reformas económicas y celebra que ya aprobó ochenta, hay lugares donde la única reforma urgente sería recoger la basura del piso, pintar las paredes y devolverle un poco de dignidad a quienes llegan buscando atención médica.

La propaganda oficial siempre encuentra un médico cubano operando en África, un congreso científico o un reconocimiento internacional. Nunca encuentra un pasillo como este. Nunca entrevista al paciente que espera horas sin un medicamento. Nunca enfoca el baño sin agua. Nunca enseña los colchones rotos. Nunca muestra las cucarachas.

El régimen sabe que una sola fotografía como esta puede derrumbar en segundos una mentira construida durante más de sesenta años.

Lo más triste no es el estado del edificio. Lo más triste es que muchos cubanos ya dejaron de sorprenderse. Nos acostumbraron a llamar normal lo que debería provocar vergüenza nacional. Nos acostumbraron a agradecer lo que en cualquier país sería motivo de escándalo.

Y mientras tanto, los dirigentes siguen inaugurando parques fotovoltaicos, anunciando reformas y culpando al embargo de absolutamente todo. Pero el embargo no tiró esa basura al piso. El embargo no dejó ese colchón convertido en un harapo. El embargo no hizo que un ser humano terminara acostado sobre un mosaico frío, en un entorno que transmite abandono.

Eso tiene otro nombre. Se llama décadas de mala gestión, prioridades equivocadas y un sistema que siempre encontró dinero para la propaganda, pero nunca suficiente para preservar la dignidad de sus propios hospitales.

Después aparecerá algún funcionario diciendo que esta imagen «no representa la realidad de Cuba». Ojalá tuviera razón. El problema es que demasiados cubanos han visto escenas parecidas con sus propios ojos.

Y contra eso, no hay discurso que aguante.

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