
La historia detrás de la foto (XCIV)
Por Anette Espinosa ()
La Habana.- Los Pinos, La Habana, 5 de agosto de 2026. La intersección de la Avenida de Los Pinos y la Avenida del Oeste, a una cuadra de la calle Perla, no es un vertedero oficial. Pero parece uno. Montañas de desechos, bolsas rotas, restos de comida, muebles inservibles, plásticos, vidrios y todo lo que la vida urbana produce y el sistema no sabe gestionar, se acumulan en las esquinas, invaden las aceras, se derraman sobre el asfalto. No es un fenómeno aislado, es la postal cotidiana de una ciudad que el gobierno ha abandonado a su suerte, mientras los discursos oficiales se llenan de palabras vacías sobre higiene y cuidado colectivo.
La basura no discrimina, pero el régimen sí. Mientras en Kolhy, Cubanacán, El Laguito, Siboney y otros barrios de la élite, las calles están limpias, los camiones de recogida pasan con puntualidad y el olor a podredumbre es solo un recuerdo, el resto de La Habana se pudre en la mugre. Los funcionarios y sus familias no pisan los montículos de desechos, no respiran el humo de la quema ilegal, no ven cómo las ratas se multiplican al amparo de la noche. Ellos viven en una burbuja aséptica, mientras el pueblo nada en la porquería que el Estado no tiene capacidad —ni voluntad— de retirar.
Y entonces, como si la realidad fuera un espejismo, la televisión nacional nos recuerda, con esa voz impostada de los locutores revolucionarios, que debemos lavarnos las manos, mantener la limpieza en el hogar y seguir las normas higiénicas para evitar enfermedades. ¿Es una broma de mal gusto? ¿O es el colmo del cinismo? Porque la culpa, como siempre, no es de los que no recogen la basura, sino de los que la generan. Es decir, de nosotros, los cubanos de a pie. Ellos, los que mandan, no tienen culpa. Ellos no ensucian. Ellos solo gobiernan desde la distancia aséptica de sus privilegios.

El retrato de un país
Pero la basura no se va con discursos. Se queda ahí, fermentando, criando vectores, incubando virus. El dengue, el zika, la leptospirosis, las infecciones gastrointestinales, no son productos de la imaginación. Son las consecuencias directas de una ciudad ahogada en sus propios desechos. Las ratas y los mosquitos encuentran en los montículos de basura el hábitat perfecto, mientras los cubanos, sobre todo los niños y los ancianos, son los que pagan la factura con su salud, con su vida. Pero eso, al gobierno, no le importa. Porque la salud del pueblo no está en su agenda, ni en su presupuesto, ni en su conciencia.
La hipocresía del régimen es tan profunda como la miseria que ha creado. Por un lado, se jactan de tener un sistema de salud «gratuito y universal». Por otro, permiten que las calles se conviertan en criaderos de enfermedades. ¿Dónde está la coherencia? ¿Dónde está la inversión en servicios básicos? Los camiones de recogida de basura, si es que aún existen, circulan con la misma frecuencia que los ómnibus: casi nunca. Y cuando lo hacen, los trabajadores no tienen combustible, ni neumáticos, ni piezas de repuesto. Pero los recursos siempre hay para los militares, para los actos políticos, para recibir a visitantes ilustres. Para la basura de los cubanos, nunca.
Mientras tanto, en Los Pinos, la basura sigue creciendo. Los vecinos, desesperados, queman lo que pueden para reducir el volumen, pero el humo tóxico se cuela por las ventanas y envenena los pulmones de los mismos que ya no tienen qué comer. Las fotos que acompañan este texto no son una excepción, son la regla. Son el retrato de un país que se descompone a la vista de todos, mientras sus dirigentes, instalados en sus barrios blindados, nos sermonean sobre la higiene personal. Porque en la lógica del castrismo, la culpa siempre es del pueblo. Y la solución, si es que alguna vez llega, nunca será para el pueblo. Solo para ellos.






