
Cuba pierde más de 664 mil viajeros en seis meses y agrava el desplome del turismo
Por Oscar Durán
La Habana.- La dictadura cubana ya ni siquiera puede maquillar el desastre. Las cifras publicadas por la Oficina Nacional de Estadística e Información (ONEI) son un retrato demoledor del fracaso de un modelo que durante décadas vendió a la isla como un paraíso turístico.
Hasta junio llegaron apenas 699.878 viajeros, más de 664.000 menos que en el mismo período del año anterior. Cuando un país pierde semejante cantidad de visitantes en apenas doce meses, el problema no está en la propaganda extranjera ni en el supuesto bloqueo. El problema está dentro de Cuba y tiene nombre y apellido: la incapacidad de un régimen que ha destruido su propia economía.
El desplome resulta todavía más escandaloso al observar el turismo internacional. Apenas arribaron 387.591 visitantes extranjeros, casi 600.000 menos que el año anterior. No existe campaña publicitaria capaz de esconder semejante catástrofe. Los turistas no dejan de viajar a Cuba porque alguien se los prohíba; dejan de hacerlo porque la isla ofrece apagones interminables, escasez de alimentos, hoteles vacíos, servicios deteriorados y una sensación permanente de crisis. La dictadura convirtió uno de sus principales motores económicos en otra víctima de su ineficiencia.
Canadá, tradicionalmente el mayor emisor de turistas hacia Cuba, protagoniza la mayor caída, con más de 301.000 viajeros menos. También disminuyeron los visitantes procedentes de Rusia, Estados Unidos y, de manera especialmente significativa, los cubanos residentes en el exterior.
Ni siquiera quienes nacieron en la isla encuentran suficientes motivos para regresar. Ese dato debería provocar una profunda reflexión en cualquier gobierno responsable. En Cuba ocurre exactamente lo contrario: el poder sigue culpando a factores externos mientras evita reconocer que el verdadero enemigo del turismo es la propia dictadura.
Durante años el castrismo apostó por construir hoteles mientras abandonaba la agricultura, el transporte, la infraestructura y los servicios básicos. Levantó instalaciones de lujo para recibir visitantes, pero dejó al pueblo haciendo colas para conseguir pan y soportando apagones de más de doce horas. El resultado está a la vista. Las habitaciones permanecen vacías, las inversiones no generan retorno y el país continúa hundiéndose en una crisis económica sin precedentes. Cuando un gobierno ignora las necesidades de su población para sostener un modelo fracasado, el mercado termina pasando factura.
Las estadísticas de la ONEI no son solo números; son el certificado de otro fracaso de la dictadura. Cada turista que decide no viajar a Cuba representa menos divisas, menos empleo y más dificultades para una economía ya agonizante. Sin embargo, en lugar de rectificar, el régimen insiste en repetir el mismo discurso gastado de siempre, culpando al exterior de una crisis que él mismo provocó. La realidad es mucho más simple: el mundo cada vez confía menos en un país gobernado por un sistema incapaz de ofrecer prosperidad, libertad y estabilidad, incluso para quienes solo pretendían pasar unas vacaciones.






