
El veneno que corre por Villa Clara
Por Patxi Morales ()
Santa Clara.- En Villa Clara, el agua que beben los niños, cocinan las madres y usan los ancianos para tomar sus medicamentos, no es agua. Es un cóctel de desechos, bacterias y promesas rotas.
Una fuente de la Delegación Provincial de Recursos Hidráulicos, que pidió no ser identificada, lo ha confirmado con la crudeza de quien ya no tiene nada que perder: todas las aguas superficiales de la provincia están contaminadas de una u otra forma. Y esa agua, en la inmensa mayoría de los casos, es la única que tienen los villaclareños para todo, incluso para beber. No es una advertencia, es un diagnóstico de muerte lenta.

El ejemplo más evidente está en los ríos Bélico y Cubanicay, que atraviesan el centro de Santa Clara. Una simple caminata por sus orillas basta para darse cuenta de que no son ríos: son zanjas abiertas donde fluyen aguas albañales sin tratar y donde los vecinos y servicios comunales arrojan la basura.
Los hospitales vierten compuestos farmacéuticos y bacterias resistentes a los antibióticos. Y las familias, con la sabiduría que da la desesperación, enseñan a sus hijos desde pequeños que esos ríos «no son buenos para bañarse». No son buenos para nada, pero el gobierno se hace el de la vista gorda.
Sin cloro ni otros recursos
La realidad supera cualquier ficción. El río Sagua la Chica, fuente principal de la Presa Minerva, está contaminado. El Sagua la Grande, que atraviesa la ciudad del mismo nombre, también. Y mientras los ríos se pudren, la provincia carece de recursos para enfrentar esta situación. Los municipios no tienen acueductos o alcantarillado, y en muchos casos, ninguna de las dos cosas.

El vertimiento de aguas albañales y basuras no encuentra freno porque, según la fuente de Recursos Hidráulicos, este tema no es una prioridad para el gobierno cubano. No lo es, porque las prioridades del régimen están en otra parte: en discursos, en desfiles, en mantener la farsa de un socialismo que ya no alimenta ni siquiera a sus propias cloacas.
La evidencia científica respalda la denuncia. Un estudio de 2024 detectó niveles de nitritos, amoníaco y coliformes termotolerantes —contaminación fecal— por encima de los estándares cubanos. Y eso no es todo: el claria, un pez de agua dulce que se vende y consume en la provincia, ha mostrado altos niveles de metales pesados como cadmio, plomo y cobre, muy por encima de lo permitido.
El cadmio provoca vómitos, diarrea y puede ser mortal. El plomo daña el cerebro, el hígado y los riñones. El cobre, en exceso, causa daños hepáticos. Los investigadores calificaron el uso de esta agua para riego como un «peligro para la salud», y advirtieron que no es apta ni siquiera para actividades agrícolas. Pero el gobierno, fiel a su estilo, no ha hecho nada.
El sistema sanitario está en quiebre
Y el agua contaminada es solo el principio. Las calles de Santa Clara se han convertido en vertederos donde las ratas y los mosquitos encuentran su hábitat perfecto. La basura se acumula frente a puntos de venta de alimentos, y la falta de camiones y combustible impide la recogida regular. En este contexto de insalubridad extrema, la aparición de brotes de enfermedades no es una posibilidad: es una certeza.
Una fuente del Departamento de Higiene y Epidemiología de la provincia, que también pidió el anonimato, fue aún más explícita: «En cualquier momento va a aparecer un brote de enfermedades muy peligrosas en la región, porque no hay cómo enfrentarlo». Y no lo hay, porque aunque en Sagua la Grande esté la única fábrica de cloro del país, no hay con qué clorar el agua para eliminar su contaminación. El cloro no llega, los recursos no existen, y el sistema sanitario se tambalea al borde del colapso.

El resultado de esta negligencia criminal ya se está cobrando sus primeras víctimas. La mortalidad infantil, que debería ser un indicador sagrado, ha aumentado. Las personas mayores, especialmente aquellas con enfermedades crónicas, mueren a un ritmo que no se explica solo por la falta de medicinas o el hambre.
Las malas condiciones higiénicas, la ausencia de agua potable, la contaminación de los alimentos y la imposibilidad de tratar las enfermedades que de ello derivan, están matando silenciosamente a los villaclareños. El gobierno lo sabe, y no hace nada. Porque en la lógica del castrismo, la vida de su pueblo vale menos quee el discurso de un 26 de julio, o un acto por un aniversario de Fidel Castro. Mientras los ríos siguen llevando su veneno hacia los pueblos, las ciudades y el mar, los funcionarios siguen llevando su indiferencia hacia la historia.






