El peso de las palabras

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Por Luis Alberto Ramirez ()

Miami.- Hay declaraciones que, en lugar de fortalecer una causa, terminan debilitándola. Y eso fue precisamente lo que, en mi opinión, ocurrió con las recientes palabras de Luis Manuel Alcántara.

Si resumiera el mensaje que transmitió, aunque no lo expresara con esta ironía ni con estas palabras, sonaría más o menos así:

“Mientras el exilio cubano sufría por mi desaparición, mientras la incertidumbre sobre mi estado se convertía en motivo de angustia, mientras todos reclamaban una fe de vida y exigían conocer mi paradero, yo estaba en una casa de protocolo del MININT, con piscina, tomando cervezas, whisky chino, disfrutando de la compañía de mis seres más allegados y abrazando, con total naturalidad, a mis propios represores.”

Esa es la impresión que, al menos a mí, me dejaron sus declaraciones.

Entonces surge una pregunta inevitable: ¿a qué otro preso político desterrado de Cuba se le ha dado un tratamiento semejante?

La respuesta, desde mi punto de vista, es sencilla. La dictadura terminó enviando un mensaje que contradice la realidad denunciada durante años. Fue como lanzar un balde de agua fría sobre quienes exigían una fe de vida del artista y denunciaban su desaparición.

A ello se suma otro elemento que también despierta interrogantes. Se afirmó que, durante los cinco años que estuvo preso, realizó cuatro mil obras de arte. Es una cifra que resulta difícil de asimilar. ¿Quién le proporcionó los lienzos, los pinceles y la pintura? Si se hace un cálculo simple, equivale a más de dos obras diarias durante cinco años consecutivos.

La comparación puede parecer exagerada, pero Leonardo da Vinci tardó alrededor de catorce años en completar La Gioconda. Si realmente se produjeron cuatro mil obras en ese período, estaríamos ante una productividad extraordinaria. De no ser así, habría que preguntarse qué tipo de trabajos integran esa cifra.

Antes de que hablara públicamente, le aconsejé que guardara silencio por un tiempo. Pensé que lo más prudente era estudiar primero a la comunidad cubana en el exilio, comprender sus sensibilidades y medir cuidadosamente el alcance de sus palabras antes de hacer declaraciones que pudieran perjudicarlo. Nunca leyó mi comentario, o decidió ignorarlo.

Finalmente habló. Y, en mi opinión, más que defenderse, terminó exponiéndose. Muchos de quienes habían depositado su confianza y sus esperanzas en él sintieron que sus declaraciones no estuvieron a la altura de las expectativas. El resultado es que una parte del exilio dejó de creer en la imagen que hasta ese momento había construido.

En el exilio cubano existe una línea que muy pocos están dispuestos a cruzar: la de suavizar o edulcorar la conducta de los represores del castrismo. Quien lo hace, aunque su historia personal lo presente como un defensor de la libertad y de los derechos del pueblo de Cuba, inevitablemente pierde credibilidad ante una comunidad marcada por décadas de dolor, prisión y destierro.

Luisma la cagaste, hace falta que tus declaraciones no marquen el futuro de Cuba, ni el tuyo, porque prefiero creer que las emociones te llevaron a hablar, antes de pensar.

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