Cuba, el Estado que devora a su pueblo

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Por Max Astudillo ()

La Habana.- Lo dijo Rodrigo Paz en un pasillo de la ONU, con esa serenidad de quien acaba de mirar a los ojos a un fantasma y no le ha temblado la voz: «El Estado tiene que cambiar porque el Estado no vive para el Estado, el Estado vive para la gente». La frase, pronunciada ante los micrófonos de Radio Martí, no era una concesión diplomática ni un guiño de pasillo. Era un diagnóstico.

En Cuba, donde el Estado se ha erigido en una deidad de concreto y expedientes, esa sentencia suena a herejía. Porque aquí, desde hace seis décadas, el Estado no vive para nadie que no sea él mismo. El Estado cubano es un organismo que se alimenta de su propia supervivencia, que confunde su perpetuación con la patria, y que ha convertido la frase atribuida a Luis XIV —«El Estado soy yo»— en un manual de instrucciones. La diferencia es que el monarca francés al menos reinaba sobre un territorio con pan en las mesas. Aquí, el Estado reina sobre esqueletos.

Paz añadió lo que cualquier cubano sabe y pocos gobernantes se atreven a repetir en voz alta: «La gente en Cuba tiene hambre y la está pasando mal». No es una metáfora. Es la realidad que se mide en colas de cinco horas para un pan que a veces no llega, en apagones que convierten la noche en un ejercicio de paciencia forzada, en hospitales donde los médicos recetan lo que no existe y en guaguas que nunca pasan.

El 96,91% de la población ha perdido acceso a los alimentos debido a la inflación, y más del 60% invierte entre cinco y quince horas semanales solo en conseguir qué comer. El Estado, mientras tanto, no pasa hambre. El Estado tiene combustible para sus vehículos, electricidad para sus oficinas climatizadas y hasta meriendas para sus reuniones. El Estado no hace cola. El Estado no se desmaya en un hospital sin medicamentos.

El Estado como prioridad de sí mismo

En Cuba el Estado no es una institución al servicio de la ciudadanía: es una fortaleza sitiada que dispara hacia adentro. Su prioridad no es educar, curar ni alimentar; su prioridad es protegerse a sí mismo. Mantener la hegemonía sin competencias, autocuidarse, blindar el aparato que lo sostiene: el Partido, las Fuerzas Armadas, la Policía, los CDR, la FMC, la Seguridad del Estado y ese ejército de chivatos mal pagados que pululan por barrios, escuelas y centros de trabajo, alimentando el expediente de cada sospechoso.

La maquinaria represiva no descansa: en 2025 se documentaron al menos 3.179 acciones represivas y 529 detenciones arbitrarias. El Estado cubano no tiene tiempo para el pueblo porque está demasiado ocupado vigilándolo.

Y en el centro de ese altar, los Castro. El Estado los ha instituido como la encarnación de los más sublimes conceptos: Patria, Gobierno, Revolución, Nación. Disentir de ellos es traicionar a la patria. Cuestionarlos es atentar contra la historia. Su palabra se convierte en ley, su longevidad en doctrina, su apellido en el nombre de un país que ya no les pertenece. Mientras el pueblo se desangra en colas y apagones, la familia gobernante se perpetúa en el poder como si Cuba fuera un mayorazgo. El Estado no vive para el Estado: vive para los Castro. Y todo lo demás —el Partido, las instituciones, los discursos— es decorado.

Cuba y el ejemplo boliviano

Paz lo dijo con la autoridad de quien viene de un país donde, según su propio relato, «el Estado vivía para el Estado, la gente era secundaria, y eso ha cambiado». En Bolivia, la gente era el accesorio; aquí, la gente es el estorbo. La diferencia es que en Bolivia el cambio llegó por las urnas. En Cuba, el cambio solo puede llegar por la implosión de un sistema que ya no tiene nada que ofrecer salvo más de lo mismo.

El país se cae a pedazos entre marabú y desidia, y el Estado mira hacia otro lado, calculando cuánto tiempo más puede sostenerse el espectáculo. Un por ciento ínfimo de los medicamentos esenciales está disponible; el sistema de salud, antaño orgullo del régimen, se desmorona entre ambulancias sin combustible y diálisis suspendidas.

«La gente en Cuba tiene hambre y la está pasando mal», repitió Paz. Y el Estado cubano, ese Leviatán de utilería que todo lo vigila y nada resuelve, seguirá existiendo mientras haya quien lo sostenga desde afuera y quien lo tema desde adentro. Pero hay una verdad que ninguna Seguridad del Estado puede confiscar: un Estado que no alimenta a su pueblo, que no lo cura, que no lo transporta ni le da luz, ya no es un Estado. Es una cáscara vacía que se defiende a sí misma porque sabe que, el día que deje de hacerlo, no quedará nada de pie.

El pueblo cubano lo sabe. Y Rodrigo Paz, desde un pasillo de la ONU, acaba de recordárselo al mundo.

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