
¿Odiadores? La gran mentira de una dictadura que vivió del odio
Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
Houston.- Hubo una época, no muy lejana, en que desde las tribunas oficiales se puso de moda llamar «odiadores», «mal nacidos», «gusanos» y «apátridas» a quienes se atrevían a abandonar Cuba o disentir del discurso oficial. Lo más doloroso fue ver cómo una parte de la población repetía aquellas consignas sin detenerse a reflexionar sobre su significado ni sobre el daño humano que estaban causando.
Pero la historia tiene memoria y los hechos son tercos.
Si algún ejemplo ha dado el exilio cubano durante más de seis décadas ha sido precisamente el de no responder con el mismo odio que recibió. Los cubanos que abandonaron la isla fueron víctimas de actos de repudio, de humillaciones públicas, de insultos organizados desde el poder. Hubo familias a las que les lanzaron huevos y piedras. Hubo madres acosadas mientras intentaban alimentar a sus hijos. Hubo ciudadanos perseguidos por el simple hecho de querer escapar de una realidad que consideraban insoportable.
La pregunta es inevitable: ¿quiénes eran realmente los odiadores?
¿Los que intentaban marcharse de un país donde ya no encontraban futuro, o quienes organizaban turbas para perseguirlos? ¿Los que buscaban libertad, o quienes armados con palos salían a golpear manifestantes? ¿Los que pensaban diferente, o quienes los expulsaban de universidades, centros de trabajo y de la propia vida pública?
No intenten invertir la historia.
Los cubanos recuerdan quiénes sembraron el miedo. Recuerdan quiénes organizaron los actos de repudio. Recuerdan quiénes encarcelan jóvenes por expresar sus ideas. Recuerdan quiénes dividieron a la nación entre revolucionarios y enemigos. Recuerdan quiénes convirtieron la descalificación, la amenaza y el insulto en política de Estado.
«Gusano», «escoria», «traidor», «apátrida». Esas palabras no nacieron en el exilio. Salieron de la maquinaria propagandística de un sistema que necesitó fabricar enemigos para justificar sus fracasos y ocultar sus errores.
Por eso resulta tan asombroso contemplar el espectáculo actual. Cuando la crisis económica amenaza con convertirse en una catástrofe nacional, cuando el país se vacía de jóvenes y la desesperanza se instala en millones de hogares, los mismos que promovieron la división descubren de repente que existe un solo pueblo. Los mismos que expulsaron a millones de cubanos ahora les piden ayuda. Los mismos que demonizaron al exilio apelan hoy a la reconciliación.
Qué conveniente.
Ahora hablan de unidad
Después de décadas sembrando odio, ahora reclaman comprensión. Después de años alimentando el enfrentamiento, ahora hablan de unidad. Después de convertir a media nación en sospechosa, ahora recuerdan que todos somos cubanos.
No. No pueden reescribir la historia.
La verdad es sencilla y está grabada en la memoria colectiva de nuestro pueblo. Los odiadores nunca fueron quienes se marcharon. Los odiadores fueron quienes persiguieron. Los intolerantes fueron quienes prohibieron. Los excluyentes fueron quienes dividieron a las familias cubanas y levantaron muros de odio entre hermanos.
Y ahora, cuando la inminente catástrofe amenaza su permanencia en el poder, recurren oportunistamente al mismo exilio que despreciaron durante décadas. Le piden que sostenga con sus remesas la tragedia que ellos mismos crearon. Le hablan de unidad después de haber practicado la exclusión. Le hablan de amor después de haber cultivado el resentimiento.
La historia, sin embargo, no suele ser indulgente con la hipocresía.
Los cubanos del exilio han demostrado una generosidad extraordinaria ayudando a sus familias, enviando recursos, medicinas y esperanza incluso a quienes un día los insultaron. Pero una cosa es ayudar a los seres queridos y otra muy distinta aceptar que se tergiverse la verdad.
¡¡Los odiadores han sido siempre ustedes!!
Y eso, a estas alturas de la tragedia cubana, ha quedado dolorosamente claro.






