La independencia americana: borracheras, moscas y un cojo con mucho cuento

Comparte esta noticia

Por Rafa Junco ()

Madrid.- Que Estados Unidos cumple 250 años, vale. Que lo llamen «Semiquincentenario» ya suena a nombre de medicamento para la próstata, pero allá ellos. El cuento oficial dice que en 1776 un grupo de semidioses con peluca empolvada bajó del Olimpo en Filadelfia a escribir la Declaración de Independencia con plumas de ángel y tinta de estrella.

La realidad, como siempre, es más cutre y mucho más divertida: fue un parto doloroso, carísimo y regado con tanto alcohol que es un milagro que no escribieran el nombre del país al revés. Así que vamos a empezar por el principio, y el principio apesta a cerveza caliente y tripas de vaca.

En la City Tavern, que era el cuartel general oficioso del Congreso Continental, no se conspiraba con ensaladas. Se venía a comer sopa de tortuga, «pepper pot» (que es un caldo de tripas de vaca con pimienta negra que te limpia las vías hasta dejarlas como una autopista) y ostras por cubos, porque eran más baratas que el pan.

Y lo de beber agua, eso era para cobardes y para puritanos que aún no habían llegado. Un delegado medio consumía una cantidad de alcohol que hoy pondría en alerta a la Organización Mundial de la Salud y a media docena de alcohólicos anónimos.

El combustible de la revolución era el Madeira, un vino fortificado que aguantaba el viaje. Pero el verdadero peligro se llamaba «flip»: una jarra de cerveza mezclada con ron, azúcar y, para rematar, un hierro al rojo vivo que el tabernero metía directamente en el mejunje. Con tres de esos, la Independencia no solo parecía una buena idea: parecía un plan digno de un premio Nobel.

Ojo con el 4 de julio

Ahora, la primera corrección histórica: la Declaración no se firmó el 4 de julio. Eso es un invento del cine y de los políticos que querían vacaciones en verano. El 2 de julio se votó la resolución política de independencia, que es el verdadero hito jurídico. El 4 se aprobó el texto definitivo, que era más bonito. Y la firma oficial sobre el famoso pergamino no llegó hasta el 2 de agosto, y algunos rezagados firmaron meses después, cuando ya les había pasado la resaca.

John Adams, que era un amargado profesional, se pasó el resto de su vida de mal humor porque la gente eligió celebrar el 4 en lugar del 2. Y encima, aquel verano en Filadelfia hacía un calor húmedo de los que te derriten las pelucas, y la ciudad estaba plagada de moscas de un establo cercano. Los delegados firmaron rápido no solo por la libertad, sino porque los bichos les acribillaban las piernas a través de las medias de seda.

Los Padres Fundadores

Y aquí viene lo bueno, amigos. Porque los «Padres Fundadores» eran un circo con patines. Ben Franklin era un viejo verde que en París pasó más tiempo entre sábanas que redactando tratados. George Washington producía más whisky del que ganaba en batallas, y su destilería era el verdadero motor de la independencia.

Thomas Jefferson, el filósofo de la libertad, vivía como un rey endeudado hasta las cejas y debía dinero hasta a los fantasmas de su plantación. Y Alexander Hamilton, el «chulo» de las finanzas, tenía la bragueta más floja de Nueva York, lo que le costó algún que otro escándalo con faldas.

Pero el que se lleva la palma, el Padre Fundador con calificación X, es Gouverneur Morris. Aristócrata, brillante, cínico y con una libido que ni la pérdida de una pierna pudo frenar. Perdió la izquierda en un accidente de carruaje, aunque las malas lenguas decían que saltó de un balcón huyendo de un marido cornudo. Lejos de amargarse, Morris presumía en su diario de que el muñón de madera le daba «una estabilidad envidiable» en ciertas posturas amorosas.

We the People

Enviado a la Francia revolucionaria, se convirtió en amante de la condesa Adélaïde de Flahaut, que a su vez se lo montaba con el obispo Talleyrand. Los tres compartían mesa, mantel y secretos de alcoba como si tal cosa. Pero este calavera tenía una mente jurídica más afilada que su lengua. Fue él quien redactó el texto final de la Constitución y acuñó el famoso «We the People». Quizás por eso el modelo de Estado americano es tan pragmático: lo pulió un tipo que sabía perfectamente que, por mucho orden que firmes sobre el papel, la naturaleza humana siempre preferirá una buena juerga y un escándalo de alcoba.

Así que ya sabes: la próxima vez que alguien levante una bandera y se emocione con los Padres Fundadores, recuerda que aquellos señores firmaron la independencia con una mano en el papel y otra en la jarra de «flip». Y que, sin ellos, no habría país. Pero sin alcohol, probablemente tampoco.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo más consultado hoy