
Nacimiento y desarrollo de una nueva religión
Por Hermes Entenza ()
Nuremberg.- Después de años de dudas y conflictos internos, el fraile dominico Carlos Alberto Libânio Christo, más conocido como Frei Betto, se convenció de que Dios existía. Consumió media vida buscando en religiones antiguas y sectas marginadas; en su juventud fue espiritista, practicó el candomblé y terminó abrazando la fe católica, pero nunca obtuvo respuesta hasta el día en que, por fin, halló su camino. A pesar de rehuir de su intuición, de poner peros y analizar otros derroteros, llegó a la conclusión de que Dios era, y se manifestaba, en las caderas iracundas y móviles de Michael Jackson.
Esta afirmación le trajo largas semanas de incomodidad y desvelos, pues nunca, a decir verdad, le había gustado la danza ni las canciones ni nada que tuviera que ver, ni remotamente, con la figura caricaturesca, comercial y capitalista del maldito músico estadounidense.
Pero la vida trae esas sorpresas extrañas y, luego de debatirse entre problemas y prejuicios teológicos, se declaró rotundamente al servicio de ese Dios que se movía constantemente en las plataformas del espectáculo.
El inicio de todo
Todo comenzó una noche del año 1982 cuando, agotado por estar todo el día resolviendo las aporías teológicas del tercer mundo, tuvo la «suerte» de encender su televisor en busca de noticias. Sin embargo, buscando el canal adecuado, tropezó con el videoclip de «Thriller», que acababa de ser lanzado. Quiso apretar el mando con urgencia, pero sus dedos se quedaron congelados al ver a la veintena de espectros bailando al son de una música que fue como un taladro en su cerebro. Se avergonzó, miró al espejo y sonrió. Levantóse el fraile, quizás con vergüenza de sí mismo, y comenzó a seguir los pasos de Michael Jackson con tanta pasión que, al abrir las ventanas una vez terminado el clip, las luces de la ciudad le parecieron distintas.
Sin pensarlo dos veces, esperó el amanecer y fue como un bólido a comprar la discografía completa del cantante. Tardó una semana en hacerse sentir en el mundo clerical y, cuando apareció, ya era otro. Entonces comenzó a elaborar la doctrina de esa nueva teoría divina que se le había anunciado repentinamente:
«Dios es móvil, musical y placentero. El destino de los seres humanos está marcado por la constante elevación del bien y por la danza. Dios envió a su hijo al mundo encarnado en el músico, dentro del cual está la morada central que domina al universo: las caderas de Michael Jackson».
Frei Betto, conmovido, dedicó meses a elaborar la teología de lo que, según él, sería la nueva religión del mundo. Tanto había buscado y por fin encontraba la mejor definición del Creador.
Su peor pesadilla era cómo podría insertar, dentro de su teología con aires renovadores, las caderas de Michael. Esto le trajo grandes problemas con teólogos, políticos y guerrilleros quienes, cuando escuchaban su tesis, callaban ante un hombre que, supuestamente, había sido protagonista de un despertar espiritual para los pueblos de América Latina.
La llamada a Fidel Castro
Frei Betto no se amilanó y, cuando las cosas se ponían feas, se largaba a su claustro en São Paulo. Allí, calzando una réplica de los zapatos especiales del cantante, bailaba llorando de alegría al ser partícipe de la verdadera espiritualidad.
Sufrió acoso de religiosos, entonces llamó a Fidel e intentó lograr que este comprendiera su amor por las caderas de Michael Jackson. Pero Fidel carecía de entendimiento sobre todo aquello que implicara la fanfarria capitalista, y nunca pudo entender cuál era el punto de Frei Betto cuando le decían que el clérigo, al llegar a su habitación de hotel en La Habana –según informaban los agentes encargados de vigilar sus movimientos–, se pasaba las madrugadas meneando su cintura al compás de «Billie Jean».
Algo andaba muy mal; algo había que hacer para atenuar el golpe político al hacerse pública la noticia de las cuitas de Betto por las caderas de un fantoche y libertino músico gringo. Betto estuvo al borde del colapso. Una madrugada decidió ahorcarse en el baño. Amarró la soga en lo alto de la bañera y, subido en un taburete antiquísimo, regalo de los poetas de Minas Gerais, se puso el lazo al cuello mientras sonaban los acordes de «Human Nature». Quiso contar hasta tres para lanzarse al más allá, pero al decir «dos», el teléfono sonó. Era Fidel.
La orden desde La Habana, para atenuar su obsesión por cinturas capitalistas, fue hacerle una entrevista que se llamaría «Fidel y la religión», en la cual estaría terminantemente prohibido mencionar el nombre de Michael Jackson. Todo era un plan para intentar desviar los propósitos del clérigo que, según la opinión de la cúpula partidista cubana, estaba perdiendo la cabeza.
El libro fue publicado bajo el sufrimiento de Betto, al que le fue negado el hablar de su nueva fe. Lloró muchísimo cuando no logró quitar del libro aquella frase de Fidel que él sabía que estaba dirigida a su obsesión: «Creo que no hay ningún pueblo en la historia humana que no haya tenido una religión difusa».
La vida del asesor alimentario
Intentó suicidarse nuevamente pero, por una extraña razón, antes de quitarse la vida llamó al Papa Juan Pablo II. Este lo escuchó con calma y, en el fondo, según creyó Betto, hasta lo entendió. Fue feliz. Alguien de inmenso poder lo comprendía. Existía una mente prodigiosa que aceptaba su amor por las caderas de Michael Jackson.
¿A quién ver en este mundo atribulado y menesteroso? ¿Dónde está la verdad del mundo sino en la felicidad de ser aceptado? Lloró de emoción y, desde ese día, decidió comer papas en honor al Papa. A todos los que renegaran de su fe por Michael, de su alta espiritualidad y de la maravilla de ver unas nalguitas bailando marcha atrás con la fuerza del universo, les recetaría comer solo las cáscaras del tubérculo pues la papa, en sí, es para los redimidos por el bien.
Así ha sido la vida de este teólogo que, justamente, está asesorando la gastronomía cubana con tesón.
Cuentan que en las madrugadas de su retiro en el claustro de São Paulo se le oye gritar de emoción, asustando a los gatos de los tejados, mientras el bafle que tiene escondido debajo de su cama explota rabioso con el álbum «Thriller», de Michael Jackson.






