
Ancelotti quiere acabar con el debate y devolverle la gloria a Brasil
Por Yoyo Malagón ()
Madrid.- Carlo Ancelotti ha ganado títulos allá donde ha ido. No es una opinión, es un hecho. El técnico de Reggiolo tiene en su vitrina trofeos en cuatro ligas diferentes: Italia, Francia, Alemania y España. Además, levantó más Copas de Europa que nadie: siete Champions League, dos como jugador del Milan (1988-1889 y 1989-1990), cinco como entrenador (Milán 2002-2003 y 2006-2007), y Real Madrid 2013-2014, 2021-2022 y 2023- 2024). Sin embargo, a pesar de todo ese currículum, siempre hay un debate: ¿quién es el mejor entrenador del mundo?
Unos dicen que Carletto, otros que Mourinho, algunos que Jurgen Klopp, los más modernos que Pep Guardiola. Y mientras los teóricos discuten en las televisiones y en las barras de los bares, el italiano sigue a lo suyo: pacificar vestuarios, ganarse el cariño de los jugadores y levantar trofeos. Porque el estilo de Ancelotti no es el del dictador ni el del filósofo de la pizarra. Es el del padre, el del gesto tranquilo, el del que pone el huevo en la sartén y lo cocina a fuego lento. Pero ojo: cuando hay que ganar, gana.
La Copa Mundial puede ponerlo, definitivamente, en el Olimpo de los técnicos. No porque le falten méritos, sino porque el fútbol es así de caprichoso: siempre necesita una última prueba, una confirmación más. Y Ancelotti la tiene enfrente. Necesita que la selección de Brasil levante el título en Estados Unidos, Canadá y México. El primero en 24 años para la Canarinha, el sexto de su historia. Si lo consigue, si hace jugar bien a Vinicius Junior, a Neymar Junior, a Endrick, a Raphinha, a Marquinhos y al resto de los convocados, se terminará de una vez el debate. Toda la gloria será para el italiano.
Carletto está ante su reto mayor
Pero atención, que Ancelotti no es ningún improvisado. Ya demostró en el Real Madrid que puede gestionar estrellas, y en Brasil encontrará un vestuario con más egos que una peluquería de señoras. La diferencia es que Carletto tiene una mano izquierda que parece bendecida por algún santo del fútbol. No grita, no amenaza, no larga ruedas de prensa incendiarias. Solo escucha, pone orden y deja que los jugadores hagan lo que mejor saben: jugar. Y con el talento de Brasil, eso puede ser suficiente para levantar el trofeo.
Por si fuera poco, el destino ya está escrito. Pase lo que pase en este Mundial, Ancelotti ya tiene contrato hasta 2030. O sea, el hombre puede permitirse el lujo de planificar, de mirar más allá del próximo partido, de construir algo a largo plazo mientras el resto de selecciones viven el día a día como si fuera el fin del mundo. Eso, en un torneo tan corto como un Mundial, es una ventaja enorme. Porque no hay presión cuando ya sabes que seguirás ahí, ganes o pierdas.
Así que ya saben: cuando el balón eche a rodar y Brasil salte al césped, no miren solo a Vinicius o a Neymar. Miren al banquillo. Ahí estará el hombre que puede acabar con el debate de una vez por todas. El mismo que domó a Cristiano, que rejuveneció a Modric, que hizo olvidar a Casemiro en el Madrid y que ahora tiene la misión de devolverle la gloria a la Canarinha y al propio Casemiro.
Ancelotti quiere su primera Copa del Mundo, aunque no sea como jugador. Y si la consigue, que no quepa duda: el mejor entrenador del mundo será él. Sin discusión.






