
La firma del miedo
Por Anette Espinosa ()
La Habana.- Yuniasky Crespo Baquero lo anunció con esa sonrisa de cartón que tanto les gusta en el régimen. Durante el «Coloquio Patria», la jefa ideológica del Partido Comunista de Cuba soltó la nueva ocurrencia: libros de firmas en centros laborales, escuelas y dependencias estatales. ¿El objetivo? Que los cubanos «reafirmen su compromiso con la Revolución». Como si la lealtad se estampara con un bolígrafo y el miedo se disfrazara de patriotismo.
A partir del 19 de abril de 2026, la dictadura castrista pondrá en marcha este circo burocrático. Y cuidado, porque no es un acto voluntario. No hay aquí espacio para el «no quiero». La funcionaria lo dejó claro: «ante las amenazas del Imperialismo, la firma de los cubanos será un sello de compromiso hasta las últimas consecuencias».
Traducción: firmas o te señalan. Firmas o te conviertes en enemigo. Firmas o pierdes el trabajo, la escuela, el pan.
Pero vamos a llamar las cosas por su nombre. Esto no es un ejercicio democrático. Es presión ideológica disfrazada de gesto patriótico. En un país donde la economía está hecha pedazos, donde la escasez es moneda corriente y la gente apenas puede respirar, el régimen responde con papelitos y rúbricas. Porque eso saben hacer: controlar. No resolver. Asustar. No gobernar.
¿Compromiso o coerción?
Para muchos cubanos, esta firma no representa nada. Es un acto vacío, una formalidad más que les exige el mismo sistema que los ha condenado a la cola del mercado, a la falta de libertad, a la vigilancia perpetua. Pero el problema no es el acto en sí. El problema es lo que viene después. Porque cuando te piden que firmes «voluntariamente», siempre hay un expediente abierto. Siempre hay un ojo que mira. Siempre hay un castigo para el que se niega.
¿Compromiso o coerción? La pregunta ofende. En Cuba no hay compromiso cuando te apuntan con el dedo. Hay obediencia forzada. Hay miedo. Hay la misma lógica de siempre: o estás con nosotros, o estás contra nosotros. Y los que se atreven a disentir, los que se niegan a poner la rúbrica, ya saben lo que les espera. Señalamiento. Marginación. La etiqueta de «contrarrevolucionario» pegada en la frente.
Así que la discusión queda abierta, como bien dice el texto de referencia. Pero no nos engañemos. No hay debate posible donde una de las partes tiene la sartén por el mango y la otra solo puede elegir entre firmar o enfrentarse al vacío. Entonces, cubano, te pregunto yo también: ¿estás dispuesto a seguirle haciendo el jugo a la dictadura que te oprime y te condena? La respuesta, como siempre, la llevas dentro. Pero cuidado, que ellos ya tienen lista la pluma y el libro. Y la amenaza, también.






