
El hambre no debe de ser consigna
Por Luis Alberto Ramírez ()
Miami.- En mi opinión, cuando Miguel Díaz-Canel afirma que los cubanos tendrán que comer únicamente lo que sean capaces de producir, no está haciendo un llamado realista a la autosuficiencia, sino ignorando una verdad evidente: un país que depende en cerca de un 90% de las importaciones para alimentarse no puede, de la noche a la mañana, sostenerse por sí solo. La pregunta es inevitable: ¿qué van a comer entonces?
A mí me parece que ese tipo de discurso, lejos de ofrecer soluciones, roza la irresponsabilidad. Porque, en la práctica, equivale a decirle a la gente que sobreviva como pueda, aun cuando las condiciones estructurales hacen casi imposible producir lo necesario. Es como si se normalizara la escasez, como si el hambre fuera una consecuencia aceptable del sistema.
Mientras tanto, el poder insiste en atrincherarse en consignas ideológicas que no resuelven el problema de fondo. Las palabras no llenan platos, la doctrina no alimenta a los niños, y convertir la comida en una especie de privilegio es, sencillamente, una distorsión peligrosa de lo que debería ser un derecho básico.
El fracaso de nunca acabar
También resulta difícil no cuestionar la desconexión entre ese discurso oficial y la realidad cotidiana del cubano. Se piden sacrificios constantes, pero quienes los exigen no parecen vivir bajo las mismas limitaciones. Esa brecha entre la dirigencia y la población termina generando una sensación de injusticia que va más allá de lo económico.
Desde mi perspectiva, más que un gobierno enfocado en resolver problemas, lo que se percibe es una estructura de poder cerrada sobre sí misma, preocupada por sostener su control y sus privilegios, incluso si eso implica seguir cargando el peso de la crisis sobre la mayoría de la población.
Y en ese escenario, el país no avanza: se desgasta. Se hunde en el abismo de sus esfuerzos, de su esperanza. Fidel Castro fue lo peor que le pasó a Cuba, pero la continuidad es el fracaso de nunca acabar.






