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Por Sergio Barbán Cardero ()

Miami.- En ingeniería civil existe una técnica usada para estabilizar terrenos bajos, fangosos o saturados de agua: se sacrifica una parte del terreno para salvar el resto. Se cava una fosa, una especie de estanque de retención, para que el agua subterránea, el lodo y la presión acumulada drenen hacia un solo punto. Se pierde deliberadamente una zona menor para proteger la estructura principal.

Políticamente, la dictadura cubana aplica una ingeniería parecida. Sandro Castro no es un accidente del sistema. No es una simple vergüenza familiar ni un error de cálculo. Sandro es la laguna de sacrificio del régimen.

Su sobreexposición mediática, sus videos, sus discotecas, sus lujos obscenos y su frivolidad intolerable no son simples deslices tolerados por descuido. Cumplen una función. El régimen permite que Sandro sea el blanco visible del desprecio público para que hacia él drene buena parte de la indignación nacional. Mientras la gente se entretiene insultando al nieto frívolo, al muchacho del refrigerador lleno, al heredero sin mérito, los verdaderos hilos del poder militar y económico siguen moviéndose en seco, protegidos, lejos del foco principal.

Una vida con dinero robado

La trampa funciona porque muchos caen en ella. Programas, comentaristas y supuestos analistas críticos se desgastan llamándolo “bufón”, “papa podrida” o reduciendo su existencia al mérito biológico de haber sido “el espermatozoide más veloz”. Pero al hacer eso, terminan hablando de la espuma y no del mar; del síntoma y no de la enfermedad; del muñeco colocado en la vidriera y no de la maquinaria que lo fabrica.

En Cuba hay un refrán que lo resume perfectamente: “hablar de la cosa sin mencionar la cosa”. Eso ocurre cuando se analiza a Sandro como si fuera un fenómeno aislado, como si el problema fuera su mal gusto, su vulgaridad o su vida de farándula, y no el sistema de castas que lo produce, lo protege y lo exhibe. Se indignan con el muchacho, pero evitan señalar la estructura que permite que unos vivan como príncipes mientras un país entero hace colas, cuenta monedas y envejece entre apagones, hambre y ruina.

Porque Sandro no es el único. Detrás de él hay otros herederos más discretos, más educados, mejor vestidos, menos escandalosos, pero igualmente beneficiados por el saqueo. Hay principitos que viajan por el mundo, estudian en universidades caras, montan negocios, compran propiedades y disfrutan una vida financiada con el dinero robado, malversado y dilapidado de un pueblo empobrecido. Un pueblo con ancianos desdentados, niños mal alimentados, familias rotas, hospitales destruidos y cuerpos flacos donde la miseria se puede contar costilla por costilla.

Sandro es el drenaje perfecto

Por eso el problema no es Sandro Castro. El problema es la finca familiar que lo hizo posible. Sandro es apenas el charco visible donde el régimen quiere que caiga nuestra rabia. Es el drenaje perfecto: absorbe el agua sucia de la opinión pública mientras el verdadero poder permanece a salvo, administrando la ruina desde la sombra.

Sandro Castro está ahí para eso: para que lo miremos a él y no al plano completo de la obra. Para que descarguemos sobre su figura la indignación que debería apuntar contra la estructura. Para que el país se entretenga mirando la laguna, mientras los ingenieros del desastre siguen protegiendo los cimientos podridos de la dictadura.

Y mientras Sandro siga cumpliendo esa función de drenaje político, seguirá salvándole el pellejo a más de uno. Porque en esa laguna no se hunde solamente él: ahí quieren hundir también la memoria, la indignación y la puntería moral de todo un pueblo.

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