
El gran saqueo: cómo la dinastía convirtió la pobreza en negocio
Por Max Astudillo ()
La Habana.- La historia de Cuba desde 1959 no es la historia de una revolución traicionada. Es, más bien, la crónica de un secuestro institucional perpetrado por una familia que convirtió el poder en empresa y la patria en balance contable.
La dirigencia cubana, esa que se envuelve en banderas mientras vacía las arcas, prostituyó cualquier ideal cuando descubrió que la miseria del pueblo podía ser el mejor blindaje para su impunidad. No hubo desviación ideológica: hubo una decisión consciente de transformar el Estado en una máquina de acumulación dinástica. Y esa decisión, como todo pecado original, arrastra consecuencias que hoy vemos en cada cola, en cada apagón, en cada madre que no sabe qué darle de comer a sus hijos.
Son ellos, los que durante décadas usaron la Patria como pedestal, los que se enriquecieron con la pobreza de todo un pueblo. Mientras el trabajador cubano apenas puede comprar un huevo, los apellidos ilustres pasean su opulencia por Madrid, Miami o Panamá.
Ellos crearon las condiciones para que el obrero sea miserable y el burócrata, magnate. Ellos empujaron a la contrarrevolución más salvaje —la del saqueo institucional— a las más altas esferas del poder. No es casualidad que los mismos que hablan de imperialismo tengan sus hijos estudiando en universidades privadas de Estados Unidos y Europa. La coherencia, en esta casta, siempre fue un lujo que no podían permitirse.
La mentira como método de gobierno
Mienten. Han mentido siempre. Desde el podio, desde la televisión, desde los carteles enormes que intentan tapar la realidad. Enarbolaron la mentira como método de gobierno y convirtieron a Cuba, otra vez, en un garito de ladrones. Porque Cuba ya era antes de 1959 un país con desigualdades, sí, pero nunca, nunca, había conocido el nivel de expolio sistémico que esta dinastía ha perfeccionado.
La palabra «revolución», en sus labios, suena a insulto. Lo que hicieron no fue transformar estructuras: fue secuestrarlas. Y el resultado está a la vista: una isla empobrecida, endeudada, sin electricidad, sin alimentos, sin medicinas, pero con generales millonarios y ministros y familiares de los Castro con cuentas en el exterior.
Destruyeron a la juventud. Traicionaron a los humildes. Encarcelan a los jóvenes que protestan por el hambre que ellos mismos crearon. Y mientras tanto, esos mismos jóvenes, desesperados, se jugaron la vida en balsas, en cayucos, en la selva del Darién, donde miles han muerto por culpa de un sistema que los expulsa y luego los culpa por irse.
La dirigencia cubana no solo creó las condiciones de la emigración masiva: la convirtió en negocio. Junto a repúblicas corruptas de Centroamérica, especialmente Nicaragua, han lucrado con el sufrimiento humano, vendiendo visados, gestionando rutas, cerrrando los ojos ante las mafias. La Patria, para ellos, es una sociedad anónima cuyos dividendos solo reparten entre los suyos.
El cinismo de la clase dirigente
Las barrigas enormes de los jerarcas no son metáfora. Son evidencia. Son el resultado de cenas suntuosas mientras los niños y ancianos de este país pasan hambre. Mientras una abuela revisa la basura en busca de un hueso, el hijo de un ministro viaja a Europa de compras.
Mientras un jubilado vive de la caridad de sus vecinos, los nietos de los magnates, o los hijastros, como el de Díaz-Canel- estudian en colegios privados en el extranjero con dinero que debería haber ido a hospitales y escuelas. No hay cinismo más grande que predicar la austeridad desde la opulencia. No hay hipocresía más vil que hablar de solidaridad mientras se expolia al pueblo.
Por supuesto, los falsos comunistas, los burócratas de salón, los que nunca han pisado una fábrica ni han vivido un apagón de 12 horas, esos podrán defender a esta dirigencia. Podrán llamarla «revolucionaria», podrán besarle el anillo a los delincuentes de cuello blanco y verde olivo. Pero hay algo que nunca podrán tener: la dignidad de quien sabe que otra Cuba es posible.
Porque la verdad, aunque la torturen, siempre termina saliendo. Y esta verdad, la del saqueo, la del hambre, la de la muerte en el Darién, la de las barrigas llenas sobre cuerpos vacíos, es una verdad que pesa. Y pesará cada día más hasta que no quede rincón donde esconderla.
Cuba merece algo mejor que esta pandilla de usurpadores. Y la tendrá. No por simpatía, sino por necesidad. La necesidad de un pueblo que ya no cree, que ya no espera, que solo quiere que le devuelvan lo que nunca debieron quitarle.






