
El derecho a soñar: cuando la educación es un privilegio arrebatado
Por Yanetsy Pino ()
Atlanta.- Cada inicio de un curso escolar debería ser una promesa, una fiesta donde el olor a lápiz y a libretas sin estrenar traigan consigo la ilusión del futuro.
En países como Estados Unidos o en gran parte de Occidente, las semanas previas a las aulas exhiben un ritmo de certidumbre: familias recorriendo pasillos coloridos, niños eligiendo mochilas con sus personajes favoritos, el murmullo de las listas de útiles completándose con holgura y la tranquilidad cotidiana de una sociedad articulada para proteger la infancia.

Acá en el estado donde vivo, Georgia, he conocido historias fascinantes del magisterio, como la de Tammy Waddell, maestra de primaria que vivía en el condado de Forsyth y hasta en el último suspiro de su vida pensó en los lápices de sus alumnos. Su último deseo fue convertir su funeral en una marea de mochilas cargadas de recursos para quienes tenían necesidades.
Durante el servicio conmemorativo celebrado en la localidad de Cumming, luego de su fallecimiento, los bancos de la iglesia albergaron entre 130 y 150 mochilas llenas de material escolar. Cerca de un centenar de maestras y colegas sirvieron como puentes de honor al transportar las mochilas fuera del templo para su posterior distribución en los centros educativos de la zona.
Y entonces… Cuba
Y, por supuesto, yo no puedo dejar de pensar en Cuba, donde se ha transformado el regreso a clases en una condena de miseria y desgaste extremo. Los padres enfrentan la desesperación de arañar un pedazo de jabón, unos zapatos comprados con más del salario mensual que se rompen en un mes, o un cuaderno gastado sobre el cual intentar escribir.

La infancia hoy en Cuba respira la humareda de los fogones improvisados, la humedad del sudor acumulado en noches interminables a oscuras y la extenuación física provocada por apagones criminales de más de veinticuatro horas impuestos por la incompetencia estatal. Así se ha anulado el valor de la educación y el sentido del saber.
Hoy, enviar a un niño al aula sin comida en el estómago, con la mochila vacía y martirizado por el cansancio, constituye un castigo directo ejercido por un poder abusivo. El sistema quebró el futuro al punto de convertir el conocimiento en una herramienta inútil dentro de una sociedad desmantelada, donde la preparación académica carece de recompensa o salida.
Es una crueldad inaudita: a la infancia cubana se le ha arrebatado hasta el derecho a soñar, y sus padres, devastados y con el corazón roto, ven cómo ni siquiera el saber alcanza ya para salvarlos de la miseria.



















