
¿De qué valió tanto sacrificio?
Por Luis Alberto Ramírez ()
Miami.- Un haitiano puede ganar en un día alrededor de tres dólares, y el mundo se asombra —con razón— ante semejante nivel de pobreza. Haití suele ser señalado como el país más pobre de Latinoamérica y el Caribe, y su realidad económica es, sin duda, dramática.
Pero hagamos una comparación que resulta mucho más incómoda. Tres dólares diarios representan aproximadamente 90 dólares al mes. En Cuba, en cambio, si tomamos como referencia un salario promedio de unos 12 dólares mensuales, estamos hablando de apenas 40 centavos de dólar al día.
La cifra es tan absurda que parece una caricatura. Un cubano que dependiera exclusivamente de su salario estatal necesitaría trabajar aproximadamente siete días y medio para ganar lo que un trabajador haitiano puede ganar en un solo día, bajo esos supuestos.
Y aquí aparece la verdadera paradoja: mientras el mundo se rasga las vestiduras ante la pobreza haitiana, muchas veces se habla mucho menos de la miseria salarial de los trabajadores cubanos, que durante décadas han sido presentados por el régimen como protagonistas de una sociedad supuestamente construida sobre la igualdad y la justicia social.
¿De qué igualdad estamos hablando cuando el trabajador produce, pero su salario apenas le permite sobrevivir? ¿Qué clase de justicia social es aquella en la que el Estado controla el empleo, fija los salarios y, al mismo tiempo, administra la mayor parte de los recursos económicos?
El problema es del sistema
No se trata de competir para determinar cuál pueblo es más pobre. La pobreza no debería ser una competencia. Se trata de mirar la realidad de frente y preguntarnos por qué, después de tantas décadas de revolución, sacrificios y discursos sobre la dignidad del trabajador, un salario cubano puede resultar tan miserable.
Y aquí es donde mi opinión se vuelve inevitable: el problema no es solamente cuánto gana el cubano, sino el sistema que ha convertido ese salario de miseria en una condición permanente.
Durante años se habló de acabar con la explotación del hombre por el hombre. Sin embargo, cuando el Estado se convierte en prácticamente el único gran empleador, controla los salarios y concentra el poder económico, la explotación no desaparece: simplemente cambia de dueño.
Por eso sostengo que el trabajador cubano de hoy vive bajo una forma de servidumbre económica estatal. Una palabra más fuerte puede resultar incómoda, pero los hechos obligan a preguntarnos si no estamos ante una especie de esclavitud moderna: trabajar por un salario que no alcanza, depender de un Estado que controla buena parte de las oportunidades y escuchar, año tras año, que el sacrificio de hoy traerá la prosperidad de mañana.
El problema es que ese mañana nunca llega.
Y mientras tanto, el cubano sigue haciendo milagros para sobrevivir con un salario que, convertido a dólares, resulta difícil incluso de explicar sin sentir vergüenza.
Porque cuando un sistema proclama haber liberado al trabajador, pero después de más de seis décadas ese trabajador no puede vivir dignamente de su propio salario, entonces tenemos derecho a preguntarnos: ¿de qué valió tanto sacrificio, si al final, después de ser unos de los países más prósperos de Latinoamérica, caímos por debajo del más pobre?
Churchill tenía razón cuando dijo: “el comunismo es tan ineficiente, que si se implanta el el desierto del Sáhara, a la semana escasea la arena”.
(Nota de la edición: Y encima de eso, los precios en Cuba son varias veces más altos que en Haití. De hecho, hasta no hace mucho, cientos de cubanos viajaban cada semana a Puerto Príncipe a buscar mercancías para vender en Cuba)






