El día que se rompió Camavinga

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Por Yoyo Malagón ()

Madrid.- Lo que se vivió en el vestuario del Real Madrid después de aquella noche negra en Múnich no fue una derrota al uso. Fue un seísmo. Los jugadores blancos entraron a la cocina del Allianz Arena echando humo por las orejas, con la sangre aún hirviendo, protestando todo lo que ya sabemos del árbitro y de ese chiste de expulsión. Pero mira tú por dónde, en cuestión de segundos, el ruido se esfumó. Las quejas se tragaron. Y todo porque sus ojos se toparon con una estampa que partía el alma.

Allí, en un rincón, estaba Eduardo Camavinga. Solo. Hecho un ovillo. Y llorando. Pero no una lagrimita de circunstancias, no. Llorando como quien ha visto cómo se le escapaba la vida en una jugada. El francés, que nunca ha puesto mala cara, que siempre ha sido ese torbellino de sonrisas y recuperaciones, ahora era un chaval roto. No hacía falta preguntarle. Se le veía en la cara: él sabía, mejor que nadie, que su error había pesado más que ninguna polémica arbitral.

Porque claro, más allá de la roja injusta que todos comentamos, Camavinga asume su parte. Y eso es de valientes, aunque duela reconocerlo. Él mismo se repite una y otra vez: «Debí olvidarme del balón y recuperar la posición». Pero no lo hizo. Y la segunda amarilla le cayó encima como una losa. Ese instante, amigos, fue el reflejo de una temporada entera. Una temporada en la que el fútbol eléctrico que enamoró al Bernabéu se ha ido apagando poco a poco, como una bombilla que parpadea antes de fundirse.

Y es que Camavinga ya no es ese todocampista dominante. Ha perdido protagonismo. Su sitio en el once ha pasado a otros con otro perfil: Thiago Pitarch, Brahim… Hasta el míster le ha ido retirando la confianza. Su juego, antes seguro y brillante, ahora es impreciso. Errores en los pases, dudas en cada decisión, una inseguridad que contagia. La expulsión en Múnich no fue un accidente. Fue el punto culminante de una dinámica negativa que arrastra desde hace meses. La presión, amigos, le ha pasado factura.

Pero ojo, que aquí no ha pasado todo. Camavinga es consciente. Sabe que suena en los rumores de mercado. Sabe que en el Real Madrid las oportunidades no son eternas. Por eso, ya en frío, envió un mensaje en redes: breve, directo, sincero. Una disculpa que es un puñetazo en la mesa. Y dentro del vestuario, ojo al dato, sus compañeros han cerrado filas. Le arropan, le protegen. Pero la imagen de aquel chaval roto en lágrimas en Múnich ha dejado huella. Ahora, el reto para el francés es levantarse. Recuperar la sonrisa. Reencontrarse con ese fútbol que un día le hizo grande. Porque todavía está a tiempo. Pero el reloj, como en el campo, no espera a nadie.

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