La infibulación: una cicatriz de la Humanidad

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Hay niñas que nunca llegan a entender lo que les hicieron. No porque sean tontas, sino porque nadie les explica que lo que les cortaron no era un trozo de carne cualquiera, sino su derecho a decidir sobre su propio cuerpo. En el mundo, más de 230 millones de niñas y mujeres han pasado por alguna forma de mutilación genital. Y no fue en la Edad Media, fue ayer. Fue hoy. Y puede que mañana también.

La infibulación es la forma más cruel de esta tradición. Cortan, cosen y dejan una abertura del tamaño de una moneda pequeña. Por ahí tendrán que orinar, menstruar y, si todo sigue el guion de los mayores, parir. No hay anestesia, no hay consentimiento, solo la certeza de que alguien, en algún lugar, decidió que el cuerpo de una niña debía ser controlado antes de que ella pudiera decir ni pío.

«Tu cuerpo no es tuyo»

Las consecuencias no son un rumor: son dolor crónico, infecciones, cicatrices que queman, partos complicados y una relación con el sexo que nunca será placentera, sino temida. Y luego, cuando la niña crece y se casa, llega la desinfibulación. Que no es otra cosa que volver a abrir la herida para que el marido pueda penetrarla. A veces con un cuchillo, a veces con las manos, a veces con un médico que tampoco pregunta si ella quiere que le abran de nuevo la cicatriz.

La mutilación genital femenina no es cosa de tribus perdidas en la selva. Se practica en África, en Asia, en Oriente Medio y también en comunidades inmigrantes en Europa y América. No es un rito religioso, es una costumbre patriarcal disfrazada de tradición. Una forma de decirle a una niña: «Tu cuerpo no es tuyo». Y lo peor es que, en muchas ocasiones, son las propias mujeres de la familia quienes la sostienen mientras otra mujer le corta lo que le sobra.

Pero hay otra verdad, más incómoda aún: el debate no debería ser si la mutilación es buena o mala. Debería ser por qué, después de tantos años de lucha, seguimos necesitando explicar que una niña de diez años tiene que sangrar para ser considerada pura. La lucha contra la mutilación genital no es una batalla cultural, es una batalla contra la idea de que los cuerpos de las niñas son propiedad de otros. Y mientras sigan muriendo, sangrando y llorando en silencio, la cicatriz no será de ellas, será de toda la humanidad.

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