
A propósito del eclipse total y del centenario del emperador Palpatine
Por Juan Carlos Herrera Lorenzo ()
Washington DC.- Este 12 de agosto, la sombra de la Luna atravesó la península ibérica durante el atardecer. Hacía más de un siglo que allí no se veía un eclipse total de Sol.
Los eclipses naturales tienen cierta decencia: duran poco y no exigen aplausos. La sombra pasa y la luz regresa. Los eclipses políticos, en cambio, pueden prolongarse durante décadas y convencer a muchos de que la oscuridad es una forma superior de claridad.
De ese otro eclipse habla esta tira de negativos salvada del naufragio.
Los hice en la Casa de las Américas. Yo era entonces el fotógrafo de la institución, recién graduado de Periodismo, y trabajaba en su departamento de prensa. José Saramago acababa de recibir el Premio Nobel de Literatura de 1998 y, con la medalla todavía caliente, corrió —o voló— a La Habana para enseñársela al todavía no coma-andante.

Durante aquella visita, Saramago dijo que «Cuba es un estado del espíritu» y presentó la isla como uno de los últimos lugares del mundo donde todavía sobrevivía la esperanza en el ser humano.
Cuba llevaba ya cuarenta años bajo el poder de quientúsabe: cuarenta años sin prensa libre, sin pluralismo político, sin libertades intelectuales, sin loquetúsabe. No se veía la alborada por ningún lado. Era un régimen viejo, como ese viejo que me mira atravesado en la foto: dueño de las imprentas, los micrófonos, los escritores, los poetas, las casas de las Américas y, en fin, hasta de la casa de la pinga.

Sin embargo, muchos intelectuales como Saramago continuaban buscando a Fidel como quien busca un quinqué en medio de un apagón. Unos lo hicieron por convicción; otros, por gratitud, disciplina partidaria, vanidad o fascinación ante el poder. Fidel supo utilizar aquella corte internacional como una gigantesca operación de perfumería. Su narcisismo necesitaba testigos ilustres. No los invitaba solamente a conversar: los colocaba dentro de su propio retrato.
Aquella liga a favor de la ceguera permaneció algún tiempo más dentro del cono de sombra. No porque le faltara inteligencia, sino porque la inteligencia no inmuniza contra el sectarismo. Saramago, al menos, terminaría escribiendo en 2003: «Hasta aquí he llegado». Tardó, pero llegó, el pobre hombre miope.
Yo, que era apenas un obrero calificado, tampoco estaba fuera de aquel eclipse. Trabajaba allí y hacía mi trabajo lo mejor que podía, hasta donde alcanzaba entonces mi capacidad de discernimiento. No pretendo adjudicarme ahora una valentía retrospectiva. Aquel día hice simplemente lo que hace un fotógrafo cuando reconoce una imagen: acercarse y disparar.

Llevaba mi Nikon FM2 con un Nikkor de 50 mm. Con aquel lente no existía el refugio del zoom: para llenar el encuadre había que aproximarse físicamente. Me acerqué más de lo permitido y permanecí demasiado tiempo apuntándole.
Palpatine levantó los ojos y miró directamente hacia mí con asco galáctico.
¡Clic!
Después vino el regaño.
Y yo, prudentemente, desaparecí.
Esta fue la primera vez que estuve tan cerca del fenómeno. Y no sería la última. Conservo un montón de negativos de la época del gran eclipse.
Para mí, hace mucho que la Luna se apartó.
El tirano también.
Solo quedan los negativos.






