No todos pudieron soportar el infierno

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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- Qué difícil es la cárcel. Qué terrible puede llegar a ser la vileza, la crueldad y el abuso de quienes convierten una prisión en un instrumento de terror.

He escuchado a hombres que sobrevivieron a las cárceles castristas contarme, frente a frente, aquella realidad. Recuerdo particularmente a un hombre entero, sentado conmigo en Nueva Jersey, cuyas piernas todavía mostraban las huellas de los bayonetazos. Mientras hablaba, su rostro se endurecía. Yo insistía porque necesitaba conocer de primera mano aquellos horrores. Él, en cambio, prefería no recordarlos.

Entonces comprendí algo que nunca debemos olvidar: no todos los hombres resisten de la misma manera el sufrimiento extremo.

Hay quienes no traicionan, pero se quiebran. Hay quienes, después de soportar hasta el límite de sus fuerzas, terminan cediendo para detener el tormento, para conservar la vida, para volver junto a sus hijos, sus padres, su esposa o simplemente para sobrevivir.

¿Quién puede juzgarlos con ligereza?

El hombre común tiene límites. El terror nubla la razón. El dolor puede destruir hasta las voluntades más firmes. Y quienes consiguieron resistir hasta el final, convirtiéndose en verdaderos héroes, no deberían olvidar que otros seres humanos fueron vencidos por circunstancias que quizá nosotros mismos no habríamos podido soportar.

Por eso quiero decirles a quienes cedieron: los comprendo y no los odio.

Pero existe una frontera que no puede confundirse.

La cárcel termina. El tormento termina. La libertad comienza.

Y cuando el hombre recupera su libertad, también recupera la posibilidad de elegir.

Mantener entonces el pacto con quienes lo torturaron, convertirse en instrumento de la dictadura, ocultar sus crímenes, maquillar la realidad o presentar una Cuba inexistente ante el mundo, ya no pertenece necesariamente al terreno de la debilidad humana.

Ahí comienza otra cosa.

Comprender la debilidad de un hombre no significa justificar sus actos posteriores.

Cuba vive una tragedia profunda. Un pueblo sometido durante décadas, familias separadas, presos políticos, exilio, pobreza, represión y una sociedad que ha sido despojada de buena parte de sus libertades. Esa realidad no puede ser sustituida por una Cuba imaginaria, amable o convenientemente maquillada.

Y mucho menos puede ocultarse detrás del arte, de la ideología, de la fama o de cualquier otro argumento.

Al que no pudo resistir le debemos comprensión.

Al que sufrió y se quebró, humanidad.

Al que sobrevivió, incluso después de haber cedido, le corresponde la oportunidad de reconstruir su vida.

Pero a quienes sí resistieron hasta el final les debemos algo más: la verdad de su sacrificio.

Y a Cuba le debemos todavía más.

No podemos convertir la compasión en ingenuidad.

Porque perdonar al hombre que se quebró ante el terror es un acto de humanidad. Pero permitir que, ya libre, contribuya a ocultar el terror que lo quebró, sería hacerle un favor a la dictadura.

Y eso, sencillamente, no podemos hacerlo. Está claro.

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