
La paciencia rota
Por Max Astudillo ()
La Habana.- A Donald Trump se le acaba el tiempo. No el que miden los relojes de la Casa Blanca, sino el que él mismo se concedió para creer que el castrismo podía negociar su propia salida. Le dio espacio, canales, hasta encuentros discretos en México con Alejandro Castro, el hijo de Raúl. Y esperó. Pero la Habana solo respondió con silencio y con gestos ensayados para ganar minutos.
Estuvo al tanto de todo. De las conversaciones paralelas en Panamá con Raúl Guillermo Rodríguez Castro, aquel al que llaman El Cangrejo. Envió al director de la CIA a la isla para que viera de cerca el muro, y pusiera más presión. Ordenó vuelos de espionaje, posicionó un portaviones en el Caribe, apretó el cerco energético. Y nada. Ni una sola señal de que la cúpula estuviera dispuesta a soltar el poder. Porque viven bien, muy bien, y eso no se abandona por convicción democrática.
Hace unas horas, el secretario de Guerra bajó del avión en la base naval de Guantánamo. Fue directo a las tropas. Habló con sus soldados, dejó otra frase sobre la mesa y se fue. Luego llegó Marco Rubio con sanciones frescas contra Cuba-Petróleos. Otro golpe. Pero la dictadura sigue ahí, tiesa, como si el tiempo no pasara por sus huesos. Y Trump empieza a entenderlo: no se irán por las buenas.
Marco tiene razón
Rubio se lo ha dicho muchas veces. «Vamos a esperar a ver, Marco», respondía el presidente. Pero esa frase ya no se repite con la misma calma. Porque Trump ha visto cómo cada gesto de presión se estrella contra una cúpula que prefiere ver al pueblo en vela antes que ceder un solo cargo. Y eso, en la cabeza de un hombre que mide el poder por resultados, se llama fracaso de la paciencia.
El presidente ya no espera. Ahora observa. Y cuando Trump observa en silencio, suele estar tomando una decisión que nadie anticipó. Rubio tiene razón, y Trump lo sabe. La dictadura cubana no se va a democratizar desde adentro porque jamás fue un gobierno: fue un asalto armado que aprendió a disfrazarse de Estado.
Así que el tiempo del castrismo, ese que parecía eterno gracias a las concesiones demócratas y la indiferencia del mundo, podría estar llegando a su última página. No porque la Casa Blanca haya encontrado la fórmula mágica, sino porque un presidente impaciente ha dejado de creer en las buenas maneras. Y en la política, como en la vida, cuando la paciencia se rompe, ya solo queda el estruendo.






