A propósito de la solemnidad del Corpus Christi

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Por Padre Alberto Reyes ()

Evangelio: Juan 6, 51 – 58

Cristo vino a mostrarnos la verdad sobre Dios. Lo hizo con su palabra, pero también con su cuerpo, porque a través del cuerpo podemos mostrar el amor de Dios.

Cristo caminó, para acercarse al pecador, al pobre, a la madre que había perdido a su hijo, al enfermo que estaba en la piscina de Betesda, a los novios necesitados en Caná…

Cristo usó sus manos para tocar al leproso, para sacar a Pedro de las aguas del lago, para acariciar y bendecir a los niños, para repartir los panes y los peces que se multiplicaron…

Cristo miró, al joven rico con cariño, a la mujer adúltera con misericordia, a Zaqueo con esperanza…

Cristo se sentó, una y otra vez, para predicar, para enseñar, para indicar el camino hacia Dios.

Cristo lloró ante la tumba del amigo muerto.

En cada gesto, su cuerpo mostraba a Dios: su ternura, su compasión, su misericordia. Cuando en la Última Cena habló de su cuerpo “entregado”, estaba haciendo el resumen de lo que había hecho siempre: ofrecer su cuerpo como signo del amor de Dios, un cuerpo que en pocas horas estaría derramando su sangre como el culmen de ese ofrecimiento.

Esto nos lleva a dos tipos de preguntas, unas que miran al presente y otras que miran al futuro. Las preguntas del presente son: ¿por quiénes estoy entregando mi cuerpo como signo del amor de Dios?, ¿a quiénes me acerco, ante quiénes me detengo para escuchar, acompañar o consolar?, ¿a quiénes abrazo y bendigo?, ¿ante quiénes me detengo para mirar la realidad de su existencia?, ¿por quiénes lloro, por quiénes me “desangro” para que el amor de Dios llegue a ellos?

Y desde el presente, podemos mirar al futuro: ¿a quiénes siento que Dios me pide que me encamine, para acompañarlos en su soledad, en su enfermedad, en su aislamiento, en su sufrimiento?, ¿a quién me pide Dios que me dirija para reconciliarme, para perdonar o ser perdonado?, ¿a quiénes necesito abrazar más, mirar más, escuchar más?, ¿por quiénes quiere Dios que me desangre, que me entregue, que acepte sufrir, para que el bien y la bendición toquen a su puerta?

¿Por quiénes quiere Dios que entregue mi cuerpo? Esos “quiénes” que empiezan en la familia, ese lugar donde empieza el mundo.

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