A propósito del XVI Domingo del Tiempo Ordinario

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Por Padre Alberto Reyes ()

Evangelio: Mateo 13, 24-43

Esmeralda, Camagüey.- Hay realidades que nos son dadas desde el nacimiento; otras son el fruto de lo que hacemos para que se desarrollen en nosotros. Los brazos nos son dados, pero abrazar o golpear depende de nosotros.

Nacemos con la capacidad de hacer el bien y el mal. Es la cualidad que llamamos “libre albedrío” y que nos es dada, no es fruto de nuestra decisión.

Otra cosa es la libertad, que no significa hacer lo que nos venga en gana, sino saber elegir el bien mayor. Es normal sentir ira, pero dejarse llevar por la ira y agredir a otro, es convertirse en esclavo de esa ira. Es normal el deseo de poseer bienes que nos garanticen la seguridad material, pero dejarse llevar por ese deseo al punto de acumular bienes mientras los que nos rodean carecen de ellos, es convertirse en esclavo del egoísmo.

Nacemos con la posibilidad de ser libres, pero ser libres es un aprendizaje, es el fruto de una lucha interior, porque dentro de nosotros coexistirán siempre el trigo y la cizaña, la tendencia al bien y al mal.

Es cierto que tanto el bien como el mal invitan, llaman, susurran, pero no obligan a nuestra voluntad.

Elegir el bien o el mal son decisiones nuestras. Caminar hacia la libertad no es otra cosa que desarrollar la capacidad de elegir siempre el bien mayor.

Esto no quita que ese bien se haga con el corazón o con el hígado. Hay momentos en los cuales nuestra decisión de hacer el bien brota desde lo más profundo y puro de nuestro corazón: queremos hacer el bien, lo deseamos, lo anhelamos. Otras veces, por el contrario, tenemos muy claro el bien que es precisohacer, vemos que es “justo y necesario” hacerlo pero, o no tenemos deseos, o nos disgusta hacer el bien a la persona que lo necesita, o simplemente nos cuesta movernos en esa dirección.

Pero lo hacemos, no desde nuestro corazón sino desde lo más puro de nuestras bilis, y con ello, paradójicamente, subimos un peldaño importante en nuestra maduración, porque ese acto nos define como personas capaces de pasar por encima de nuestra propia cizaña, nos define como persona firmemente ancladas en el bien, comprometidas con la elección del bien.

Jesús no nos pide hacer el bien desde el corazón, nos pide hacer el bien, y punto. Lo que en realidad nos define como personas no es lo que sentimos sino lo que hacemos. No nos definen nuestros sentimientos ni nuestros pensamientos sino nuestros actos.

Por eso, no tiene sentido sentirse culpable, o mala persona, o mal cristiano cuando hacemos el bien desde el hígado. En realidad, es todo lo contrario.

Ojalá siempre podamos elegir el bien desde el corazón, porque es mucho más placentero y agradable, pero no pasa nada por elegir hacer el bien desde el hígado, porque eso significa que la cizaña ha perdido fuerza en nosotros, y que a pesar de que exista en nuestro corazón, hemos aprendido a poner nuestra mirada en nuestro trigo, ese que alimenta, que transmite vida, fortaleza y esperanza.

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