La noche de las escaleras

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- No fue un golpe de estado. Fue un golpe de mano. En diciembre de 1235, un puñado de cristianos de los concejos fronterizos, sin rey ni permiso, vieron una oportunidad y la aprovecharon. Unos desertores andalusíes les habían soplado que Córdoba estaba desguarnecida. Así que, con ropas moras, escaleras y una noche de tormenta, treparon por la muralla más cercana al barrio mozárabe. Álvaro Colodro fue el primero. Y en cuestión de horas, la Axerquía, la mitad de la ciudad, estaba en sus manos.

Pero eran pocos. Muy pocos. Y la otra mitad de Córdoba, con su Alcázar y su Mezquita, seguía en pie. Se atrincheraron y mandaron un mensajero al rey Fernando, que estaba en Benavente, a cientos de kilómetros. El rey no dudó. Juntó tropas de León, Salamanca, Zamora y las órdenes militares, y se puso en marcha. Llegó el 7 de febrero. Pero Córdoba no iba a caer tan fácil.

El emir Ibn Hud acampó en Écija con un ejército poderoso. Fernando, en una jugada de riesgo, se colocó en la orilla izquierda del Guadalquivir para taponar el puente romano. Si Ibn Hud atacaba, era un suicidio. Pero el emir tenía otro problema: Jaime I de Aragón acechaba Valencia. Y además, en su propio campamento había un topo.

La devolución de las campanas de Compostela

Lorenzo Suárez, un desterrado castellano, se ofreció a espiar para Ibn Hud. Pero lo que quería era volver a casa. Se plantó ante Fernando y le propuso un engaño: harían hogueras por toda la ribera para simular un ejército gigante. Suárez volvió con Ibn Hud y le pintó un panorama tan negro que el emir, que ya no tenía ganas de guerra, levantó el campamento y se fue a proteger Almería. Córdoba quedó huérfana.

La ciudad intentó rendirse con honores, pero al ver que el ejército cristiano era pequeño, se echó atrás. Fernando aguantó. Firmó una tregua con el nazarí Alhamar para asegurarse la retaguardia y esperó. El hambre hizo el resto.

El 29 de junio de 1236, día de San Pedro y San Pablo, Córdoba entregó las llaves. No hubo matanza. Los musulmanes salieron con sus bienes. Y las campanas que Almanzor robó en Santiago de Compostela en el año 997, que servían como lámparas en la mezquita, fueron devueltas a hombros de musulmanes a Galicia. La historia, a veces, es un círculo que se cierra a golpe de escalera.

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