La independencia cubana que quizás nunca debió ocurrir

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Por Albert Fonse ()

Cuba no nació queriendo separarse de España. El primer sentimiento de cubanía no fue independentista, sino autonomista dentro de la hispanidad. Durante buena parte de la etapa colonial, los criollos cubanos —hijos de españoles nacidos en la isla— no se veían como un pueblo ajeno a España, sino como españoles de ultramar que exigían ser tratados con la misma dignidad, representación y derechos que los nacidos en la península.

Ese cambio de mentalidad comenzó a gestarse en el siglo XVIII. Con el auge económico del azúcar y el tabaco, Cuba desarrolló una élite criolla con riqueza, educación e intereses propios. A la vez, los Borbones —la nueva dinastía reinante en España desde inicios del siglo XVIII— impulsaron el llamado reformismo borbónico: una serie de reformas para modernizar el imperio, centralizar el poder y aumentar la eficiencia administrativa y fiscal. Aunque estas reformas transformaron el funcionamiento del imperio, también hicieron más visible para los criollos que, pese a su riqueza y peso económico, seguían subordinados políticamente frente a los funcionarios enviados desde España.

La crisis se aceleró en 1808, cuando Napoleón invadió España, depuso al rey Fernando VII y colocó a su hermano José Bonaparte en el trono. El caos obligó a convocar las Cortes de Cádiz, una asamblea que en 1812 promulgó la primera constitución liberal española. Sobre el papel, aquella constitución reconocía a los territorios de ultramar como parte de la nación española y prometía representación política para las provincias americanas. Para muchos criollos cubanos, aquello parecía la oportunidad de convertirse en ciudadanos plenos dentro de una España reformada.

La comparación con Canarias

El problema fue que gran parte de esas promesas quedaron en teoría o fueron aplicadas de manera limitada e inconsistente. La igualdad política real nunca llegó plenamente. Cuba siguió siendo administrada —en muchos aspectos— como una colonia estratégica y extractiva, no como una provincia equivalente a las de la península. Con el tiempo, la frustración ante esa contradicción alimentó la evolución desde el autonomismo hacia el separatismo.

Aquí es donde la comparación con las Islas Canarias resulta históricamente interesante. Canarias también fue un territorio conquistado por Castilla, incorporado tras la derrota de su población indígena guanche en el siglo XV. Geográficamente está frente a África, mucho más cerca del continente africano que de la península ibérica, y sin embargo fue integrada plenamente como parte de España. Sus habitantes no fueron tratados como una colonia separada, sino como españoles, con representación e integración institucional dentro del Estado español.

Cuba compartía varios elementos estructurales con Canarias: era una isla, tenía una población mayoritariamente formada por españoles y sus descendientes europeos en los sectores dominantes, y no poseía una gran civilización indígena superviviente comparable a las de México o Perú que mantuviera una identidad separada de gran peso demográfico. En ese sentido, Cuba era una colonia insular atlántica con características más comparables a Canarias que a muchos territorios continentales de América.

La historia pudo ser distinta

Bajo esa lógica, es razonable plantear que, si España hubiera integrado a Cuba de manera plena y sostenida como parte equivalente de la nación —otorgando representación real, autonomía administrativa y derechos iguales en la práctica, no solo en el papel—, el independentismo cubano quizás nunca habría alcanzado la fuerza que terminó teniendo. La Guerra de Independencia pudo haber sido evitable si la metrópoli hubiese transformado su relación con la isla antes de que la frustración política cristalizara en nacionalismo separatista.

Eso no significa que la independencia fuera inevitable desde el inicio. Significa precisamente lo contrario: la cubanidad surgió primero como una identidad regional dentro de la hispanidad, no necesariamente contra ella. Solo cuando quedó claro para muchos criollos que España no estaba dispuesta a reconocerlos plenamente como iguales, esa identidad empezó a transformarse en un proyecto nacional separado.

La historia pudo haber sido distinta. Si Madrid hubiera actuado con Cuba como actuó con otros territorios insulares integrados al Estado español, hoy quizás Cuba no sería una nación independiente, sino una comunidad o territorio español más dentro del mundo hispánico, en una relación institucional semejante a la de las Islas Canarias con España.

La independencia cubana no nació simplemente porque los cubanos «dejaron de sentirse españoles». Nació porque una parte creciente de ellos concluyó que España nunca los aceptaría como españoles en igualdad de condiciones.

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