
La estela del combustible en Cuba: ¿desabastecimiento o negocio familiar?
Por Jorge menéndez ()
Cabrils.- Leo con atención y también con escozor cómo organismos estatales cubanos están nutriendo su parque automotor con combustibles importados a través de pequeñas y medianas empresas privadas. Teóricamente, las capacidades de almacenaje y las propias bombas surtidoras son alquiladas por el Estado, y de ahí se surten las empresas gubernamentales. Pero el ojo avisor, el que conoce las mañas de este sistema, no puede quedarse cruzado de brazos ante semejante contradicción.
De inmediato me asaltan preguntas que huelen a vieja conocida: ¿de quién son esas pequeñas y medianas empresas capaces de mover el complejo engranaje de importar combustible en tan poco tiempo? Porque aquí no se trata de traer un par de bidones, sino de contenedores, barcos, logística internacional, proveedores, cartas de crédito. Y eso, en Cuba, no lo hace cualquiera. Menos si el gobierno ha dispuesto que las mipymes no pueden financiarse desde el exterior. Entonces, ¿cómo financian esto? ¿De dónde sale la plata?
No olvidemos que hace apenas unos meses había un corralito sobre todas las cuentas en dólares. La gente no podía tocar sus ahorros, las empresas estatales pedían permiso hasta para respirar divisas, y de repente aparece financiamiento fresco, rápido, millonario, para traer combustible. Algo no cuadra. Y lo que no cuadra en Cuba suele tener nombre y apellido: hijos, nietos, sobrinos de generales o de altos cargos del Partido. Lo demás es cuento.
¿Milagros?
Casualmente —y no hay casualidades en esta isla— el gobierno de Estados Unidos anuncia un recrudecimiento del bloqueo energético y, a los tres días, ya estaban sobre el terreno contenedores especiales para importar combustible. Ni los puertos responden así de rápido, ni las aduanas, ni los trámites. A no ser que todo estuviera ya cocinado desde antes. Y si estaba cocinado desde antes, entonces el desabastecimiento no era tal, sino una simple cortina de humo. Algo huele a chamusquina, y no precisamente a gasolina.
Esta misma semana, para no perder el ritmo, ha comenzado el mismo negocio, pero ahora con las balitas de gas licuado. Mismo libreto, mismos actores, misma pregunta incómoda: ¿quién y con qué dinero ha organizado esto? Porque yo he visto gobiernos ineficientes, pero no milagrosos. Y aquí el milagro sería que en plena crisis de divisas, con corralito, con bloqueo, con desabastecimiento, de pronto aparezcan empresarios mágicos con tanques llenos. La explicación real es más turbia: todo es otra treta del gobierno para dar facilidades a sus familiares y permitir su enriquecimiento personal a costa de las necesidades que ellos mismos crean.
Miren los números para que duela más: en Estados Unidos se quejan cuando el galón cuesta cinco dólares. En Cuba, el litro de combustible cuesta seis dólares. Seis dólares el litro. Eso no es mercado, no es oferta y demanda, no es dificultad logística. Es estafa en toda regla. El mecanismo está armado con una rapidez y unas facilidades que delatan la verdad: los que pueden, pueden; y los que no, que se jodan. Así funciona esto, y quien lo dude es porque no ha vivido en Cuba los suficientes ciclos de crisis fabricadas.






