La otra vida de la cuerda

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Entre 1900 y 1909, una cámara registró a un grupo de internas en un workhouse británico mientras deshacían gruesos cabos de cáñamo, y la imagen, conservada hoy en The National Archives, lleva una descripción tan sencilla como precisa: «Women picking oakum in the workhouse».

La cuerda, que ya había cumplido su vida útil en algún barco, llegaba hasta aquellas manos para empezar una segunda existencia, porque el procedimiento se llamaba oakum picking y consistía en deshacer las fibras endurecidas, una tarea lenta, repetitiva, que destrozaba dedos y uñas, y que convertía el material viejo en estopa vendible a astilleros y a la Marina, donde se mezclaba con alquitrán para calafatear las juntas de los barcos de madera.

En la fotografía, las mujeres forman largas hileras con la cuerda sobre las piernas, algunas con delantales muy deteriorados, y una mujer vestida de negro permanece de pie frente a ellas con un bastón en la mano, porque no hay maquinaria que alivie el trabajo y prácticamente todo depende de los dedos. Aquella escena, sin embargo, no era un caso aislado ni una excepción, sino el reflejo de un sistema creado muchas décadas atrás, cuando la reforma de la Ley de Pobres de 1834 reorganizó la asistencia a los indigentes en Inglaterra y Gales alrededor de los workhouses, instituciones que debían proporcionar comida y alojamiento pero bajo una disciplina concebida también para desalentar a quienes pudieran mantenerse fuera de ellas.

El duro trabajo de deshilachar cuerdas

Hombres, mujeres y niños eran clasificados y separados, y las personas consideradas capaces de trabajar recibían diferentes ocupaciones que cambiaban mucho de un establecimiento a otro, aunque las mujeres solían terminar en lavanderías, cocinas, limpieza, costura y, en determinados lugares, en el deshilachado de cuerdas. Los llamados casual wards añadían otra dimensión al sistema, porque allí llegaban personas sin hogar o trabajadores itinerantes que necesitaban pasar una o dos noches bajo techo, y a cambio del alojamiento y de una alimentación básica recibían una cantidad determinada de trabajo antes de ser autorizados a marcharse.

En Whitechapel existían desde 1868 salas específicas para hombres y mujeres junto con espacios destinados al oakum picking, y cuando Jack London recorrió el East End disfrazado como un trabajador pobre en 1902, pasó por aquel casual ward y vio cómo los alojados eran repartidos entre labores de limpieza, recogida de residuos y deshilachado de cuerdas para pagar, mediante trabajo, la comida y el lugar donde habían dormido. Los niños que quedaban bajo la Poor Law también podían ser separados de sus padres, aunque la educación formaba parte del sistema y muchos fueron enviados a escuelas vinculadas a los workhouses, porque así funcionaba una pequeña economía casi invisible, un circuito cerrado que nadie veía.

Una cuerda desgastada llegaba desde un barco, era deshecha fibra por fibra por personas que dependían de la asistencia pública y regresaba finalmente a los astilleros convertida en material para mantener otros barcos a flote, y en medio de ese recorrido estaban las manos que aparecen en esta fotografía, manos que trabajaban sin descanso, manos que no preguntaban por qué, manos que sencillamente seguían deshaciendo lo que el mar había gastado, mientras la cámara, sin saberlo, conservaba para siempre su silencio.

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