
La niña de las ruinas
Por Rafa Junco ()
Dos fotógrafos estuvieron ante la misma niña en la Varsovia destruida de 1946, y ambos conservaron su rostro para siempre, aunque ninguno de los dos dejó constancia de cómo se llamaba. La imagen más famosa la tomó Reginald Kenny, un estadounidense que viajaba con la misión de Herbert Hoover, y en ella se ve a la niña, de unos diez años tal vez, sentada sobre el tejado de un edificio mientras frente a ella se extiende un mar de ruinas que parece no tener fin.
Hay otra fotografía, atribuida a Hans Reinhart, que la muestra en el mismo lugar y casi con seguridad durante la misma jornada, como si dos miradas hubieran coincidido en el mismo instante sin saber que estaban retratando un misterio que duraría décadas.
La fecha, sin embargo, guarda su propia incógnita, porque los archivos han conservado el 3 de abril de 1946 como el día de aquellas tomas, pero una investigación posterior, basada en el diario de Hugh Gibson, situó la visita de la misión en Varsovia el 29 o el 30 de marzo, un pequeño desfase que no altera lo esencial: Kenny estaba allí, y allí estaba también aquella niña, en una ciudad que había sido el escenario de dos levantamientos y de una destrucción tan sistemática que los escombros se convertían en el único paisaje posible.
Durante mucho tiempo, nadie supo desde dónde había disparado Kenny su cámara, hasta que los mapas anteriores a la guerra, las fotografías aéreas y un elemento reconocible en el horizonte —la torre de la iglesia de San Agustín— permitieron a los investigadores locales situar el punto exacto: la niña estaba sobre el inmueble de Stawki 5/7, en Muranów, un edificio que milagrosamente sobrevivió y que aún hoy sigue en pie, como un testigo mudo de lo que ocurrió delante de sus muros.
La niña sin nombre
Porque lo que se extendía ante aquella azotea no era cualquier paisaje, sino lo que había sido el gueto de Varsovia, el lugar donde más de 400.000 judíos fueron confinados antes de que las fuerzas alemanas aplastaran el levantamiento de abril de 1943, deportaran a los supervivientes y redujeran gran parte del área a un desierto de ladrillos rotos y cenizas.
La destrucción, sin embargo, no terminó allí, porque tras el levantamiento polaco de 1944, la ciudad sufrió una nueva oleada de devastación, y cuando la guerra finalmente terminó, la capital que comenzaba a reconstruirse era apenas un esqueleto de lo que había sido, un lugar donde la vida intentaba abrirse paso entre las ruinas mientras los niños jugaban sobre tejados como aquel desde el que la niña miraba el horizonte.
En 2015, la búsqueda dio un giro inesperado, porque los historiadores locales y el proyecto Tu było, tu stało dejaron de concentrarse en los edificios y empezaron a buscar a la persona, difundiendo las dos fotografías y colocando carteles en Muranów para ver si alguien reconocía aquel rostro. Llegaron pistas desde distintos lugares, una desde Australia, otra de una anciana polaca que recordaba haber caminado por la Varsovia destruida con zapatos demasiado grandes, pero cuando vio la fotografía negó rotundamente ser ella, y aunque la búsqueda continuó durante meses, ninguna de las pistas permitió establecer una identidad, porque tampoco existe documentación suficiente para afirmar que la niña fuera judía, que hubiera vivido en el gueto o que estuviera mirando el lugar donde había estado su casa.
Ocho décadas después, conocemos al fotógrafo, podemos subir al edificio desde el que trabajó y reconstruir buena parte de las calles que desaparecieron frente a su cámara, e incluso tenemos una segunda imagen tomada desde aquel tejado que nos permite ver lo mismo que vieron aquellos dos hombres en 1946. De la niña, sin embargo, la fotografía conservó casi todo lo que podía verse —su postura, su mirada, su ropa, el modo en que se sostenía sobre las tejas— y perdió el dato más sencillo, el único que podría haberla devuelto a la historia: su nombre.






