
El cazador de almas
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Antes de que Gary Cooper ganara un Óscar metido en su piel, antes de que Hollywood convirtiera su hazaña en mito de celuloide, Alvin York ya era una leyenda de carne y hueso. Nació en Pall Mall, un nombre que suena a cuento pero era un polvoriento rincón de Tennessee, en 1887. Creció entre hermanos, con la escuela como un recuerdo lejano y el fusil como única herramienta de aprendizaje. No estudiaba para ser héroe; cazaba para que los suyos no pasaran hambre. Y sin saberlo, se estaba graduando en la universidad de la puntería.
Su juventud fue un desastre con patas: bebía, se pegaba con quien se cruzara y tenía más fama de alborotador que de santo. Hasta que una noche, en una iglesia de esas que huelen a madera y a verdad, se encontró con Dios. Dejó el alcohol, enterró la violencia y juró que jamás levantaría un arma contra otro hombre. Pero el destino, que es muy cabrón, lo llamó a filas cuando la Primera Guerra Mundial necesitaba carne de cañón. York pidió ser objetor de conciencia, pero su iglesia no estaba en la lista de los benditos pacifistas. Así que, entre la fe y la patria, acabó en la 82.ª División, con el alma partida en dos.
El 8 de octubre de 1918, en el infierno de Meuse-Argonne, su patrulla de diecisiete hombres cayó en una ratonera de ametralladoras alemanas. Los mandos cayeron, los compañeros sangraban en el barro y el cabo Alvin York, el que no quería matar, asumió el mando. Entonces hizo lo que sabía hacer desde niño: apuntar y disparar. Con la puntería de quien ha derribado ardillas en las montañas, fue silenciando una a una las posiciones enemigas. Cuando los alemanes cargaron con bayonetas, sacó su Colt y los detuvo como quien espanta moscas. El oficial alemán, viendo que aquel hombre solo era un ejército, acabó rindiéndose.
York y sus siete hombres supervivientes emprendieron la vuelta. Pero en el camino, otros soldados alemanes, al ver aquella columna de rendidos, preferían unirse a ella antes que enfrentarse al tirador de Tennessee. Cuando pisaron territorio estadounidense, llevaban 132 prisioneros. La Medalla de Honor lo convirtió en héroe nacional, pero él no quería ni oír hablar de películas. Se resistió años, hasta que accedió por una razón que le honra: quería dinero para dar educación a los jóvenes de su tierra. Así nació El sargento York, y Cooper lo bordó.
La película llegó en 1941, cuando el mundo se preparaba para otra guerra, y la historia de aquel hombre que odiaba la violencia pero luchó cuando debía se convirtió en un espejo para toda una nación. York murió en 1964, pero su contradictoria grandeza sigue viva. No le recordamos por los 132 prisioneros, sino porque fue un hombre de paz que, cuando el deber llamó a su puerta, no dudó en abrirla con el fusil en la mano. Un cazador de almas que disparaba para no tener que hacerlo. Como decía él: «No quería matar a nadie, pero quería que mi país ganara». Y vaya si ganó.






