La historia detrás de la foto (LXXXXII)

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Por Anette Espinosa

La Habana.- Esta imagen, grita. Arriba, las honras fúnebres de Ramiro Valdés, uno de los hombres más poderosos de la revolución cubana: flores blancas, protocolo impecable, una urna de madera pulida y todo el aparato del Estado rindiendo tributo a quien durante décadas formó parte de la élite del poder.

Abajo, casi como si la realidad quisiera responderle al discurso oficial, varios campesinos cargan el cuerpo de un cubano humilde en una caja de cartón. Ni ataúd digno tuvo para despedirse de este mundo. Dos fotografías. Un mismo país. Dos Cubas completamente distintas.

La primera imagen retrata los privilegios de una casta política que jamás ha conocido la escasez que impuso al resto de la nación. Son los mismos dirigentes que durante más de sesenta años hablaron de igualdad, de justicia social y de un pueblo convertido en prioridad. Pero cuando llega la hora de la verdad, hasta la muerte tiene categorías. Para unos hay ceremonias de Estado, coronas de flores y cofres de madera noble. Para otros, una caja de cartón envuelta en plástico y el esfuerzo de vecinos que hacen lo imposible por darle una despedida mínimamente decorosa.

La segunda fotografía no es solamente el entierro de un campesino. Es el entierro de un modelo político que prometió dignidad para todos y terminó administrando la miseria como política de Estado. Que un hombre tenga que ser sepultado en una caja improvisada no habla de la pobreza de su familia; habla de la pobreza moral de quienes gobiernan un país incapaz de garantizar algo tan elemental como un ataúd para uno de sus ciudadanos.

Lo más doloroso es que ambas escenas ocurrieron bajo la misma bandera y dentro del mismo sistema que insiste en repetir que en Cuba nadie queda desamparado. Mientras la propaganda continúa fabricando héroes oficiales, la realidad sigue fabricando víctimas anónimas. El campesino de Granma jamás aparecerá en un libro de historia ni recibirá discursos solemnes. Su muerte apenas ocupará unas líneas, si acaso. Pero esa caja de cartón pesa mucho más que cualquier homenaje televisado, porque contiene la evidencia física del fracaso de un régimen que convirtió la desigualdad en norma.

Al final, esta fotografía no enfrenta a dos muertos; enfrenta dos maneras de entender el poder. De un lado, quienes vivieron rodeados de privilegios hasta el último suspiro. Del otro, quienes trabajaron la tierra, sostuvieron el país con sus manos y terminaron marchándose sin la dignidad que tanto les prometieron.

Si alguna vez alguien quiere resumir en una sola imagen las dos caras de la revolución cubana, bastará con mostrar esta: arriba, el lujo del poder; abajo, el cartón de la miseria. Entre ambas fotografías caben sesenta y tantos años de promesas incumplidas.

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