
Bobadilla, la moto robada y la mujer que perdió el miedo
Por Yeison Derulo
La Habana.- A Javier Bobadilla le acaban de robar su moto eléctrica. No es un detalle menor. En una Cuba donde el salario no alcanza ni para sobrevivir y donde el transporte público parece una condena, una moto eléctrica representa trabajo, sacrificio y libertad de movimiento. Y en el caso de Bobadilla, representa, además, la herramienta que le permite ganarse la vida.
Sin embargo, mientras le tocaba lidiar con la impotencia de haber sido víctima de la delincuencia, Bobadilla encontró tiempo para detenerse en una historia mucho más grande que la suya. La de una anciana que camina con una muleta, que escucha mal, que sabe que recoger firmas no cambiará el sistema eléctrico cubano y que, aun así, decidió salir a la calle a hacerlo.
Ahí está la esencia del drama nacional. No en los discursos de Díaz-Canel ni en las estadísticas manipuladas del Ministerio de Energía. Está en una mujer anciana que reclama algo tan elemental como tener corriente eléctrica en su casa. Está en una generación que envejeció esperando soluciones y que hoy contempla cómo la miseria se distribuye con criterios políticos, mientras algunos barrios permanecen iluminados y otros viven condenados a los apagones interminables.
Lo que cuenta Bobadilla tiene una virtud que escasea en estos tiempos: retrata el momento exacto en que una persona común deja de resignarse. La señora tiene miedo, claro que tiene miedo. Todo cubano sabe que reclamar derechos básicos puede traer consecuencias. Pero también entendió algo que muchos de los llamados «guapos» del barrio todavía no han comprendido: que quedarse sentado en una esquina hablando de la vida no cambia absolutamente nada.
Mientras algunos se limitan a comentar la desgracia nacional como espectadores, ella decidió actuar. Con una muleta, dos hojas de papel y un bolígrafo. Es una imagen poderosa porque desnuda la cobardía de quienes llevan años esperando que otro haga el trabajo.
Por eso resulta imposible no coincidir con Bobadilla cuando afirma que habría firmado incluso una hoja en blanco. No estaba respaldando únicamente una petición sobre apagones. Estaba respaldando un acto de dignidad.
Y hay otra lectura inevitable. A Javier Bobadilla le robaron su moto eléctrica, como ya habíamos contado. Fue víctima de una delincuencia que también crece al calor de la crisis nacional. Pero incluso después de sufrir esa pérdida, encontró espacio para destacar a alguien que pelea una batalla mucho más grande: una anciana enfrentándose sola a un Estado incapaz de garantizar electricidad, prosperidad o esperanza.
Quizás por eso la historia conmueve tanto. Porque no habla solamente de apagones. Habla de una sociedad donde los más vulnerables han comenzado a perder el miedo. Y cuando una mujer anciana, apoyada en una muleta, decide desafiar la resignación colectiva, el problema para el poder ya no es la falta de combustible ni el colapso de las termoeléctricas. El problema es que la gente empieza a descubrir que todavía puede luchar.






